Restaurando el pasado

Después de una primera etapa de restauración, consistente en limpiar de hierbas y escombros y remover los árboles cuyas raíces y ramas estaban causando daños estructurales a los muros y tumbas, comenzó una segunda etapa que incluye la restauración de 17 tumbas que datan del siglo XIX y el adoratorio indígena. Lo anterior fue anunciado por Claudia Patricia Escalante, arquitecta encargada del proyecto.

Según Escalante, los dos principales agente causantes del deterioro del inmueble fueron el saqueo del que fue víctima en determinado tiempo, el abandono y la destrucción masiva debido a la construcción de la Escuela Hermanos Aldama y de las instalaciones del DIF municipal. Añadió que este año no se pondrá ningún altar sobre las tumbas, porque el aserrín utilizado se humedece con la lluvia y puede dañar las tumbas. 

Escalante fue seleccionada para llevar a cabo las obras de restauración debido a su gran conocimiento sobre San Juan de Dios; ha realizado estudios por muchos años, consultando archivos locales así como el Archivo General de la Nación en la ciudad de México. “Mi tesis de licenciatura la hice sobre el panteón y retomé el tema para la maestría en restauración”. 

Escalante mencionó que en donde ahora está la escuela Hermanos Aldama, estaba anteriormente el hospital San Rafael, fundado debido a las epidemias que azotaban la población en el siglo XVIII. Explicó que gente de todas clases sociales está enterrada en San Juan de Dios. La gente de clase media estaba enterrada en parte de lo que ahora es la Escuela Hermanos Aldama; la fosa común estaba en lo que ahora es el DIF y en lo que aún se preserva como panteón se enterraba a la gente rica. 

Los muertos cuentan su historia

Además de la restauración arquitectónica, se lleva a cabo en San Juan de Dios un profundo estudio histórico y arquitectónico. “Con todos los hallazgos que hemos hecho, hemos podido determinar que San Juan de Dios era un cementerio multiétnico,” dijo Escalante. 

“Incluso había un adoratorio indígena. Cuando empecé los trabajos de restauración, se me concedió un permiso del gobierno municipal para hacer inventario. Aunque el panteón estaba siempre cerrado, varias veces cuando entré, encontré veladoras encendidas, ofrendas de cucharilla y gorditas de maíz cerca del adoratorio. Esto significa que alguien estaba entrando ahí, no se por dónde”. 

Escalante mencionó que actualmente sólo el seis o siete por ciento de las tumbas están ocupadas, probablemente debido a que los cuerpos fueron exhumados. “Se puede ver claramente como las lápidas fueron removidas”, dijo. “Actualmente estamos tratando de rescatarlas”. Añadió que muchas inscripciones en las tumbas han sido ya borradas con el paso del tiempo, y que una de las tumbas mejor conservadas es la que está del lado derecho del panteón, junto a la pared que colinda con el DIF. 

“Pudimos determinar que pertenecía a un masón debido a que en la piedra estaban labrados todos los signos de la masonería,” señaló. 

Según Escalante, la mayor parte de la población sepultada en San Juan de Dios eran niños, lo que demuestra la gran mortalidad de menores que había en ese tiempo”. 

Los estudios históricos y antropológicos en San Juan de Dios son encabezados por la historiadora Graciela Cruz y por el antropólogo forense Dehmian Barrales, respectivamente. Barrales señaló que el principal hallazgo realizado hasta el momento es el de dos esqueletos que estaban empotrados en la pared norte, que colinda con el DIF.

“El primero de ellos al que nombramos Doña Antonia, perteneció a una mujer entre 65 y 70 años de edad, caucásica, española, que en vida gozó de excelente salud”, dijo Barrales. 

“El esqueleto estaba casi completo, sólo faltando algunas falanges. Presentaba un poco de osteoporosis y osteoartritis, debido a la edad. Es probable que no haya tenido hijos, pues de haberlos tenido, la osteoporosis sería más avanzada. El esqueleto se encontraba momificado”. Según los estudios realizados por Barrales en el esqueleto, Doña Antonia no sufrió ninguna deficiencia nutricional durante su vida. Los marcadores de estrés en sus huesos no eran severos. “Debido a esto pudimos determinar que su actividad principal había sido el bordado. Tenía un ligero desgaste en su fémur y peroné izquierdo que corresponde a la posición de piernas cruzadas, la izquierda sobre la derecha. La mujer era diestra pues había un mayor desarrollo en sus huesos del brazo derecho, especialmente en el cúbito”. El antropólogo añadió que Doña Antonia fue encontrada con una especie de entre vestido y hábito color ocre y un rebozo color azul turquesa. 

El otro esqueleto perteneció a una niña otomí de alrededor de 12 años, quien según Barrales, sufrió alguna deficiencia nutricional durante su vida y tuvo una vida de trabajo dura, que incluía el uso de fuerza, lo que pudo deducido por los marcadores de estrés de sus omóplatos, cubitos y radios. 

“Fue encontrada con una trenza intacta de cerca de 1.20 metros, por lo que le pusimos la niña de la trenza”. 

Barrales dijo que tanto Doña Antonia como la niña vivieron en el siglo XVIII y que ambas fueron inhumadas dos veces. Según él, Doña Antonia tuvo un entierro normal en suelo, y sufrió un proceso de momificación natural. Años después, sus restos fueron exhumados y colocados en un ataúd pequeño, que fue colocado en un nicho empotrado en el muro norte. Por otro lado, la niña de la trenza fue colocada sin ningún ataúd en una oquedad sobrante de la misma pared, en la parte que cerraba el antiguo acceso al panteón. “Incluso sus huesos estaban mezclados con la argamasa que cubría el nicho”, señaló Barrales. 

El antropólogo dijo también que en la fosa común del panteón que se ubicaba en lo que hoy es el DIF, fueron enterrados varios insurgentes de la Guerra de Independencia que fueron ejecutados. 

Visitando a sus muertos

Don Emigdio Ledezma, de 70 años, residente de la colonia Aurora, visita el Panteón de San Juan de Dios desde hace 64 años. Visita la tumba de sus dos hermanos pequeños, María del Carmen, que murió al año ocho meses de edad, y Ceferino, que murió al nacer. “Eran los más pequeños de mis cinco hermanos. Aún estamos vivos Luis, José, Gloria y yo,” comenta Don Emigdio. 

“Cuando mis padres murieron en los años 70, yo continué haciéndome cargo de la tumba de mis hermanos. Hace algún tiempo, una rama cayó sobre la tumba, que está hacia el centro del panteón, y se dañó. No tuve el dinero suficiente para repararla, pero cada vez que voy le hago algunos pequeñas reparaciones yo mismo”. Don Emigdio dice que su hermanita murió de una pulmonía fulminante y su hermano murió al nacer. “En aquellos tiempos, las mujeres no iban a los hospitales a tener a sus bebés, se aliviaban en casa y una partera las asistía. Las parteras estaban autorizadas por los sacerdotes a bautizar a los niños si nacían muy débiles. Era la creencia que 
si un niño moría sin ser bautizado, su alma se quedaba en el limbo, que se consideraba un lugar oscuro; después de purificarse pasaba al purgatorio. Para evitar esto, las parteras bautizaban a los bebés en peligro de morir. En le caso de mi hermano, mi padre dijo a la partera que lo bautizara con le nombre de Ceferino, que era el nombre de mi abuelo”. 



 

Bienvenida a los Muertos
Por Jesús Ibarra

Como una pintura, nos iremos borrando
Como una flor, nos iremos secando
Como plumaje de garza, nos iremos 
Acabando… aquí sobre la tierra

Nezahualcóyotl (1402-1472)

La muerte siempre ha sido venerada por los mexicanos desde los tiempos prehispánicos. Los antiguos mexicanos tenían diferentes maneras de concebir la muerte. 

Para los Aztecas, los muertos tenían diferentes destinos, según la manera en que habían muerto. Los que morían de muerte natural se iban a Mictlán (Lugar de los muertos), formado por nueve niveles y en donde reinaba la oscuridad. Tlalocan era el hogar de Tláloc, dios de la lluvia, y era considerado un paraíso terrenal. Aquellos que morían ahogados se dirigían a este sitio. Xochitlapan (Tierra de flores) era el destino de los niños pequeños. 

Tonatiuhchan y Cihuatlampa formaban el cielo. Los guerreros que morían en la guerra o en los sacrificios iban a Tonatiuhchan, que estaba en la parte oriental del cielo Cihuatlampa, en la parte oeste del cielo, era el destino para las mujeres que morán de parto. 

En San Miguel, la tradiciones españolas en la veneración de los muertos fueron instituidas por Fray Domingo Cedano y por Fray Bernardo de Cossín, mezclándolas con las tradiciones mexicanas. Desde 1555, los indígenas acostumbran reunirse en las primeras capillas costruidas por los frailes, llevando maíz molido mezclado con chile, envuelto en hojas del mismo maíz, que hoy conocemos como tamales. 

Con pasta de maíz, hacían figuras que representaban el alma de sus muertos. Al atardecer, encendían fuego afuera de las capillas para guiar a las ánimas en su camino al lugar en donde sus familiares les aguardaban con comida y agua, para saciar el hambre y la sed del camino.

La festividad de los muertos se divide en dos partes, el 1 de noviembre, día de los angelitos o de los muertos pequeños, y el 2 de noviembre, de los adultos. Desde el último día de octubre, se pone el altar de muertos. Primero para los niños, que son los que llegan antes. 

Se coloca en el altar la comida que puede gustarles, como tamales, atole, agua, calaveras de dulce y alfañiques (borregos principalmente) y pan de muerto. La comida para los adultos es prácticamente la misma, sólo agrega alguna bebida alcohólica. Actualmente la gente coloca también fotografías de los difuntos, así como algunos objetos personales que les pertenecieron en vida. El altar de muertos tiene varias finalidades, tales como la unión familiar, la fe y la esperanza de otra vida. 

Acudir al panteón en la noche del 2 de noviembre es una tradición ancestral tanto en San Miguel como en todo México. La gente adorna las tumbas de sus difuntos con flor de cempasúchitl y velas, elevando oraciones durante la noche.

Significado de los elementos en el Altar de Muertos

Alimentos que se entierran, como jícama o camote:
entierro

Alfeñiques (borregos y otras figures de azúcar): ofrendas para los angelitos o muertos pequeños. 

Fruta: las buenas acciones

Fruta cristalizada: indulgencies recibidas durante la vida

 

Flor de cempazúchitl: alegría 

Tamales, tortillas y atole: los buenos ejemplos dejados durante la vida


Fiambre (carne con vinagre); las penas de la vida y la brevedad de los placers mundanos

Velas: la luz de la fe

Agua: purificación y saciar la sed de los ánimas. 

Pan de muerto: alimento diario

Calaveras: Polvo somos y en polvo nos convertiremos

Copal: oración a Dios Nuestro Señor

Cáticos, chirimías y conchas: culto a Dios por nuestras faltas y culpas

Calaveritas: la valentía y el humor del mexicano.


Más de 15 años hacienda alfeñiques 

María Luisa Ramírez ha hecho alfeñiques desde que era niña, para ayudar a su abuelita y a sus tías que los vendían. Desde hace 15 años tiene su propio puesto en el mercado ambulante que se pone en la Plaza de la Soledad, frente al Oratorio. Cada año, comienza a elaborar los alfeñiques desde mayo. 

“Están hechos de azúcar glas con limón y cubiertos con azúcar granulada; para los colores se utiliza pintura vegetal. Para hacer las figuras usamos moldes de corcho, hechos por nosotros mismos,” dijo María Luisa. 

“Nunca he contado cuantas figuras hago cada año. Casi todas se venden, y las que llegan a sobrar, las regalo a los niños de mi colonia”. Las principales figuras que María Luisa tiene en su puesto son borregos, cerditos, calaveras, tumbas, y hasta brujas, tradición adquirida del Halloween norteamericano. 


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