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Ideales y realidades de la educación superior en México, Siglo XXI
Por Ma. de la Paz Espino del Castillo Barrón
En el presente artículo, se tratará de reflexionar, analizar y explicar en torno a algunas situaciones, que reflejan la calidad o no calidad de la educación, que se imparte en los niveles superiores en México.
Por principio, habré de definir lo que entiendo por calidad de la educación. Al respecto, considero que todo sentido de una acción tendiente a educar lleva implícito el atributo: calidad; en tanto que la educación no se mide por cantidades de información acumulada en un recipiente sino por los procesos de razonamiento en el pensar, acerca de algo; en las formas como se expresan los sentires; en los comportamientos, que denotan el sustento valoral-afectivo-emocional de cada persona; en su desarrollo y crecimiento vital, existencial. Al menos, así se planteó desde la “Paideia” griega, en occidente, y en nuestras civilizaciones originarias, anteriores a la conquista de España. Documentos sobran, que así lo revelan.
En la época contemporánea, varios son los adjetivos que se le han agregado a este antiquísimo concepto; entre otros, integral, humanista, formativa, de excelencia y, a partir de la década de los ’90, en México (S. XX), el de calidad.
A fin de cuentas, refieren a una comprensión del término: educatio-onis, enfocado a guiar a las personas en la construcción de todo el potencial de que, por naturaleza, está constituido el ser humano; es decir, que comprende las dimensiones: cognitivo-racionales, psicológica, afectiva, espiritual, histórica-social y biológica.
Sin embargo, no es de extrañar que resulte sorprendente -para algunos- el uso o abuso de la categoría: calidad, en lo que a la educación concierne. Pues, en su devenir histórico, esta categoría -de índole superior en la escala axiológica- ha padecido constantes dislocamientos en su función primordial, en virtud de los intereses socio-políticos-económicos, representativos de las respectivas épocas.
De donde, si ahora hablamos de calidad educativa en las Instituciones de nivel superior en México, siglo XXI, podremos explicar, que el calificativo modificador del sustantivo educación ha sido ignorado o menospreciado, por ende, desatendido y, que es preciso resignificar con el propósito de enaltecer el sitio que a ella corresponde, por ser derecho natural de competencia humana.
Y bien, orientando la argumentación hacia el ámbito universitario en México, cabe decir, que éste halla su razón de ser en las políticas educativas que rigen los niveles básicos de escolaridad.
Entonces, desde una mirada retrospectiva es entendible, mas no explicable ni comprensible, que lo prioritario -así se observa desde la década de los ’70-, en México, demuestre una tendencia hacia la instrucción tecnológica; y digo “instrucción” porque ésta ha sido la pretensión educativa derivada de una ideología económica de la clase política dominante en México (oligárquica).
Proliferan, y se incrementan a paso agigantado, las “universidades” tecnológicas (que no es lo mismo decir científicas), que privilegian el automatismo, el mecanicismo; una reproducción (Bourdieu) cultural, carente de sentido creador, auténtico, genuino.
Y si, además, analizamos las estadísticas (del INEGI), es cada vez mayor el número de desempleados egresados de nuestras universidades; a pesar de los anhelos de nuestros jóvenes por ser mejores y, según el trillado discurso, por servir con medro a nuestra sociedad. No resulta insólito, que sólo el 14% de la PEA en México esté incorporada a los niveles de estudios superiores; se habla de un “desempleo académico”, mismo que se refuerza por la desigualdad en la distribución social de la educación.
Al respecto, habría que aludir al criterio de selección a que son sometidos quienes desean ingresar a las universidades, públicas o privadas; aunado a la falta de espacios escolares y al presupuesto federal que se asigna a la educación pública superior y, en menor proporción, a la investigación.
Entre 1980 y 2001, el gasto educativo federal destinado a la educación básica ascendió de 12 640 a 45 157 millones de pesos; el de la educación superior, creció (durante dicho periodo), de 6 040 a 11 815 millones; ni siquiera se duplicó. De lo que se deduce que “atender a más estudiantes con menos recursos, implica necesariamente una reducción en la calidad de la educación que se imparte” (Cordera Campos, Rafael y Sheinbaum Lerner, Diana, “Perspectiva de los jóvenes mexicanos en el siglo XXI”, en Revista Este País)
Y esto, únicamente, por citar cifras.
¿Qué sucede con el desempeño de los estudiantes, en consideración a los contenidos curriculares de las licenciaturas?
¿Hacia dónde se encaminan los perfiles de egreso?
Por un lado, y no exclusivamente responsabilidad de los estudiantes, se constata en las aulas universitarias, una deficiente atención a los aprendizajes, individuales y colectivos. Cuestión, que atañe -primeramente- a la cultura familiar de donde provienen. Y, por otro, al compromiso con la educación, por parte de los docentes: sujetos importantísimos en el acto o hecho educacional.
Asimismo, y relevante también, abordar el asunto de los contenidos curriculares, que no satisfacen las necesidades del mercado laboral propio de cada región o entorno comunitario. La oferta académica se dispone en razón de una competitividad con el mercado internacional, para lo cual no han sido formados nuestros estudiantes, desde los niveles escolares básicos.
¿A qué me refiero? Sin lugar a dudas, en la realización de un trabajo interviene fundamentalmente la capacidad personal de integrar todas las dimensiones, que le constituyen como tal. Es desalentador observar, que la mayoría de nuestros alumnos “pasan” por los diferentes niveles académicos, sin esa conciencia. El punto que quiero subrayar aquí es que, a pesar de las consabidas “reformas”, “revoluciones” educativas, de “nuevos modelos”, poco se ha avanzado en la valoración de los procesos cognitivos; se evalúan resultados, productos, y no el desarrollo de la creatividad y la disciplina, la capacidad de interpretación y síntesis, la coherencia mental, la facultad de establecer relaciones interdisciplinarias, la habilidad de redacción, la firmeza de carácter. Así, estamos frente a una compleja problemática que, si es desatendida (como hasta hoy), lejos de promover el progreso humano, eje de la educación, se continuará en el fomento de una actividad meramente técnica, instrumental, no científica, al servicio de l
a élite nacional y de los intereses político-económicos internacionales.
Concuerdo con Aluja Schuneman, Macías Ordóñez y Bosch Giral (en “Por qué la tesis de licenciatura NO debe desaparecer”, en Opinión y Debate. Revista Ciencia, p. 47) en, que para no desvirtuar el fin último de la formación profesional: el nivel del egresado, es preciso “formar profesionales y científicos completos y cultos, que no sólo sean capaces de llevar a cabo una medida o de recibir una instrucción, sino que además la entiendan, la critiquen, y puedan imaginar una serie de experimentos (futuro científico) para poner a prueba una hipótesis o medidas para mejorar un producto o inventar otro (fututo ingeniero) o plantear un nuevo orden económico (futuro economista)”.
Para lograrlo, se requiere de una transformación, primero, hacia una comprensión sistémica del concepto educación y, segundo, en la relación multívoca de los principales sujetos de este proceso dialéctico, y desde una perspectiva de interculturalidad.
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