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Voces del Interior
Por Graciela Cruz López
El Hospital Real de San Rafael y San Juan de Dios de la Villa de San Miguel el Grande Primera parte: La fundación para el bien público
Reflexiona, mortal, y ten presente,
Que lo que eres yo fui, y que mañana
Tú serás lo que soy forzosamente.
Que la esperanza de vivir es vana:
Que pensar en la muerte es muy prudente,
Para que encuentre la conciencia sana
Y que en este lugar tetrico y santo
A esperar al que vive me Adelanto.
(Octava en el epitafio de la niña Adelaida Ramírez,
1 de abril de 1861, Panteón del Hospital Real de San Rafael y San Juan de Dios)
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Desde la primera mitad del siglo XVIII, los vecinos de la villa de San Miguel el Grande mostraron un gran interés en promover la construcción de un hospital en que se socorran las necesidades espirituales y corporales de los pobres desvalidos enfermos, de todos accidentes y de qualesquiera calidad que sean.
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Las diligencias iniciaron con una petición al cura y juez eclesiástico Juan Manuel de Villegas, para que hiciese saber al obispo de Michoacán (quien gobernaba la jurisdicción eclesiástica a la que se integró esta región) la utilidad que tendría una obra “tan necesaria” para toda la vecindad de la villa, así como para el Curato, el Obispado, la jurisdicción de la Alcaldía Mayor y especialmente para los que transitaban en el Camino Real de Tierra Adentro en cuya dinámica, estabilidad, protección y realidad histórica, San Miguel tuvo un papel fundamental desde el siglo XVI.
…obra tan necesaria al bien Publico, y aun mas que en otras partes, asi por el auge que hoi se halla este Lugar, y ser muchos los indios de su distrito, quienes tubieran este refugio en sus enfermedades, y no menos muchos pobres, pasaxeros y arrieros, que por aqui transitan, por ser el paso de los Principales Reales de Minas, y Lugares de Tierra Adentro…
El obispo de Michoacán en turno respondió favorablemente a la fundación del hospital y solicitó el apoyo del virrey Juan de Acuña, Marqués de Casa Fuerte. Sin embargo, el proceso se complicó en el tiempo de los virreyes Juan Antonio de Vizarrón y Pedro de Castro Figueroa y Salazar, Duque de la Conquista, al surgir un fuerte conflicto entre los curatos de la villa de San Miguel el Grande y del pueblo de Nuestra Señora de los Dolores (de recién creación), que se disputaban la percepción del cuarto noveno de los diezmos para su respectiva fábrica material y hospital (es decir, para sostener la obra constructiva del templo parroquial y el hospital).
En 1742, siendo virrey Pedro Cebrián y Agustín, Conde de Fuenclara, se insistió en el propósito que tenían los vecinos de San Miguel el Grande. La obra hospitalaria se aprobó finalmente el 16 de octubre de 1743, con los argumentos del parágrafo XXXI de la erección de la Catedral de Valladolid, aprobada por la Corona española y bajo los lineamientos de las Leyes de Indias que consideraban la fundación de hospitales en las ciudades, villas y pueblos de la Nueva España y en todos los dominios americanos.
Aún cuando los trámites se hicieron con éxito, la obra no pudo llevarse a cabo por la necesidad de recursos, esto a pesar de que el virrey Cebrián y Agustín, Conde de Fuenclara, emitió una orden para que el noveno y medio que correspondía del fondo de diezmos para fábrica y hospital, se aplicase íntegro para la construcción del hospital de San Miguel el Grande. Debido a esto el proyecto quedó en suspenso cerca de diez años, después de los cuales la situación cambió favorablemente. Los fondos designados por Cebrián desde 1744 se reservaron y para 1754 comprendían aproximadamente 4,499 pesos de oro, a los que se sumaron las donaciones que hicieron las familias principales del lugar.
Don Francisco de Lara Villagómez reconoció ante el escribano del Cabildo español en un instrumento o escritura simple, la donación de un sitio en paraje a propósito sano y acomodado, cuyas dimensiones eran de 110 varas de frente, sur-norte (aproximadamente 92.18 metros) y 190 varas de fondo oriente-poniente (aproximadamente 159.22 metros), con la única condición de que se pusiera ya en obra dicho hospital. Otros vecinos hicieron la promesa de aportaciones semanarias para el sustento del hospital, así como la entrega de camas “vestidas” (con su ajuar) y de todo lo necesario para la curación de seis enfermos. Fueron concedidos también algunos fondos a través de las mandas forzosas, las capellanías y los censos dispuestos en los testamentos, para aplicarse a favor del hospital y con la orden de que mientras este fuera edificado, se destinaran para el sufragio de las almas del purgatorio. El 12 de enero de 1753, el Dr. Martín de Elizacoechea, obispo de Michoacán, dio un informe detallado al virrey, el primer Conde de Revillagigedo, enterándolo de todas estas situaciones y caudales que posibilitaban la existencia del hospital, por lo cual se ordenó su inmediata edificación.
La realización del proyecto quedó bajo la responsabilidad del curato de San Miguel el Grande. La fundación y obra arquitectónica integró al hospital con su iglesia y camposanto. La iglesia fue construida con cuarenta varas de largo (33.52 m), diez de ancho (8. 38 m) y doce varas de alto (10.056 m), torre-campanario de un solo cuerpo con dos campanas medianas, crucero, bóvedas, sacristía, altar mayor, altares laterales, púlpito y coro. El hospital se edificó con cuatro corredores (para1802 tres de los corredores estaban concluidos y uno más sólo tenía algunos pilares levantados), en los que fueron dispuestas veintisiete piezas destinadas a la enfermería de hombres y mujeres, además del corredor de convalecencia, salas, cuartos y otras galeras que ocupaban las oficinas del hospital (rectoría y administración), la botica, la cocina, las habitaciones del médico, cirujano y la servidumbre (cocinera, portero, etc.).
Los terrenos anexos al hospital se reservaron para levantar un camposanto cercado de cal y canto, así como para instalar grandes y productivas huertas.
Del panteón del hospital, reconocido aún por la población sanmiguelense como “San Juan de Dios” o cariñosamente como “Panteón Viejo”, existen importantes referencias en el cuaderno de la visita del Hospital Real de San Rafael y San Juan de Dios de la villa de San Miguel el Grande, realizada en 1802 por el Coronel Narciso María Loreto de la Canal, a quien le fue otorgada la comisión por el Subdelegado para cumplir con la Real Cédula del 22 de diciembre de 1800, en que se prevenía visitar y reconocer el estado, las condiciones materiales y los fondos que guardaban los hospitales reales de las Indias. En estos importantes documentos, entre otros que existen en el Archivo Parroquial, se menciona un campo santo muy amplio, formado originalmente por cuatro tramos (actualmente sólo se conserva uno de ellos), resguardado con tapias o muros de calicanto. Estaba integrado arquitectónicamente y comunicado al hospital a través de la pieza no. 14, que era utilizada como un pasadizo o corredor, la que tenía 7/8 varas de la
rgo (0.733 m) y 2/3 varas de ancho (0.558 m). Existía también un corredor del patio principal del hospital en lindero con el camposanto, compuesto por 40 1/3 varas de largo (33.80 m) y 3/8 varas de ancho (0.314 m).
Esta es una realidad cotidiana y compleja entre hospital y camposanto que permaneció vigente por aproximadamente 200 años, la que en la historia no se puede desasociar, porque no se podría entender el uno sin el otro.
Continuará…
Cartas
Editor,
Acabo de disfrutar del primer evento del XIV Festival de Jazz & Blues, en la Plaza Principal (el esplanade del Jardín). Fue un éxito redondo, debido a la calidad excelente de los San Miguel Jazz Cats, a quien se juntaron la cantante Daline Jones y el saxofonista Iván Renta. Creo que la asistencia de tan numeroso público se atribuya, en gran parte, a la publicidad que Atención ha estado brindando al Festival, desde hace varias semanas. Pretendo asistir a todas las demás funciones, tanto en el Teatro Ángela Peralta cuanto en la Plaza la Luciérnaga.
Solo había un defecto que prejudicara la perfección de esa primera presentación; el hecho de haber comenzado con veinte minutos de atraso. Los organizadores optaron por respetar a la persona del Síndico del Ayuntamiento, encargado de hacer la inauguración formal, quien llegó atrasado. En opinión mía, habría sido preferible haber respetado al numeroso público, empezando el concierto puntualmente. El respeto para con el público comienza con la observancia de la puntualidad.
Daniel B. Robinson
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