Don Tomás, la historia de un hombre-pájaro
Por Tania Noriz, Sept 29, 2006

 

  Todos los días a las 8am, Don Tomás Bautista deja su pequeño departamento en la colonia Allende cargado de artesanías y ropa típica de Veracruz, para dirigirse hacia las calles del centro donde vende su mercancía. 


La gente lo puede reconocer fácilmente, es el hombre vestido a la usanza de su pueblo, Papantla, quien vende camisas y vainilla. 

Don Tomás Bautista, también es un hombre valiente, un hombre-pájaro. Desde hace 41 años ha sido portador de una de las tradiciones prehispánicas más reconocidas de México, la ceremonia de los Voladores de Papantla. Por alrededor de 10 años, los voladores han deleitado a turistas y locales durante una de las principales fiestas de la ciudad, La Alborada, en honor del santo patrono el arcángel San Miguel.

La ceremonia de vuelo, que data de hace miles de años para honrar al dios sol, es para Don Tomás un rito ancestral y una manera de demostrar valentía. 

Sin miedo a volar

 
“Para ser volador se requiere algo más que ganas, se necesita valor,” dice Don Tomás, quien aprendió la tradición de su tío a la edad de 13 años. 


Don Tomás fue criado por una madre soltera que enfrentó el abandono de su esposo y quien trabajó en el campo para dar de comer a sus cinco hijos. Así, de pequeño, Tomás abandonó el segundo año de primaria para trabajar en el campo, donde limpiaba plátano y naranja. También trabajó cavando pozos por lo que le pagaban 10 pesos por día.

“Mi tío me enseñó a volar,” cuenta Don Tomás, “Un día le dije que yo quería ganar mis centavitos, entonces él le pidió permiso a mi mamá y así fue como empecé, nada más es perder el miedo y tener mucho ánimo.” Don Tomás empezó bajito, en un poste de madera de 12 metros, que con el paso del tiempo se convirtió en un poste de metal de 37 metros.

La necesidad obligó a Don Tomás a abandonar su lugar de origen para viajar junto a otros voladores de Papantla a otras partes de México. Viajó a Tamaulipas, Colima, Sinaloa, Jalisco y Baja California. “Nos íbamos a la aventura pues no era por contrato sino que luego de volar pedíamos dinero y sólo así salía para nuestros gastos.” Aunque no siempre todo salía bien pues Don Tomás, al igual que sus compañeros tenían que enfrentar los pagos de hospedaje y alimentos, así como la barrera del analfabetismo, pues nadie sabía leer ni escribir. “Un viaje que recuerdo en especial fue uno que hice a Matamoros, Tamaulipas, porque supuestamente pagaban bien, pero no gané nada en una semana. No comí nada y mi familia preocupada me llamó para decirme que una de mis hijas había tenido un accidente, entonces tuve que pedir limosna para comprar el boleto de regreso. Unos compañeros fueron conmigo a la central pero nadie se animaba a pedir los boletos porque nadie sabía leer, yo los compre porque aprendí a leer y escribir solo.”

Don Tomás cuenta que cuando llegó a su pueblo su hija lo recibió totalmente sana, pues su familia le gastó la broma para que llegara más pronto a su casa.

Después de ese viaje Don Tomás viajó a Querétaro a vender su artesanía, ahí un norteamericano le pidió tamborcitos y sonajas para venderlas en San Miguel y así fue como llegó a esta ciudad hace 25 años. “Para mi fue como una bendición porque así he podido salir adelante.” 

 
Dedicando casi todo su tiempo a su principal fuente de ingreso, la venta de camisas de Papantla, confeccionadas por su esposa e hijas, Don Tomás se siente un hombre feliz y completo. “Tengo a mi familia, mi trabajo, todos estamos bien, qué más puedo pedir.”


Pero Don Tomás tiene que enfrentar vivir lejos de su familia, a quien visita cada tres semanas cuando viaja a su pueblo para surtir su mercancía. “Ni modo algunas veces son unas cosas por otras, todo siempre representa algo de riesgo, los constantes viajes y el mismo vuelo de la danza, pero yo no tengo miedo, soy un hombre valiente.” 


La raíz de una tradición 

Papantla es una región de Veracruz ubicada cerca de las costas del Golfo de México. Es famosa por ser el principal productor de vainilla a nivel mundial. También es famosa por El Tajín, zona Arqueológica perteneciente a la cultura totonaca y uno de los centros religiosos más importantes de Mesoamérica. 

Sin embargo, el pueblo ha ganado fama por los voladores de Papantla, un grupo de cuatro voladores que descienden atados a un poste de más de 30 menos de altura atados a por una cuerda.

 
La danza de los voladores de Papantla se originó en las culturas totonaca y huasteca de la zona montañosa de Veracruz donde aún se sigue practicando. La danza está ligada al culto de deidades de la fertilidad como Quetzalcóatl y Tláloc, dios del agua.


Los voladores descienden desde lo alto de un poste atados a una plataforma giratoria llamada manzana y sus movimientos simbolizan la rotación del sol y de otros astros.

El ritual combina música, danza y ofrendas. Son cinco los participantes, cuatro voladores y el encargado de dirigir la ceremonia en lo alto del palo llamad cacique, quien baila y toca la flauta. Los cuatro danzantes vuelan de cabeza abajo, con los brazos abiertos, con vestimentas que llevan motivos relacionados con las aves.

En la antigüedad, el tronco del palo volador era cortado por ellos mismos en una ceremonia especial y ya sólo en pocas comunidades de Papantla se lleva a cabo ese ritual. Don Tomás explica, “Se pide permiso a Dios antes de cortar el palo, luego con una hacha se corta y se arrastra hasta el lugar donde lo vamos a poner. Después buscamos un padrino quien comprará las ofrendas, así como aguardiente, cuatro huevos y cuatro cigarros. Estas ofrendas se le entregan al caporal quien hace el ritual inaugural.”

Antes de subir, el caporal ofrece el aguardiente que rocía en forma de cruz en los cuatro puntos cardinales y sube a la parte más alta del poste donde empieza a tocar el son del perdón. Entonces los cuatro danzantes suben y se sientan en la manzana.

“El caporal danza como puede y saluda los cuatro puntos cardinales y saluda al sol, mientras que nosotros nos amarramos las cuerdas en la cintura y piernas entonces pedimos perdón a Dios por nuestras faltas y nos encomendamos a él y todos empezamos a bajar, porque ya nadie se puede echar para atrás.”

El cacique toca el son de la volada mientras los danzantes caen con las alas extendidas dando unas 13 vueltas alrededor del palo. Cuando llegan a tierra, el cacique baja por el poste y toca el son de la despedida.

“Es muy bonito, allá arriba se pierde el miedo a todo,” dice Don Tomás, para quien la vida ha sido difícil pero no ingrata. “Todo lo que me da Dios lo recibo contento y gracias a Dios mi familia, mis hijos y yo estamos bien y con trabajo.”

Esta ceremonia religiosa de respeto y de equilibrio, ritual mágico que hipnotiza a sus espectadores sigue creciendo en sus raíces, pues es una tradición viviente. “Mi hijo es cacique,” dice orgulloso Don Tomás, “trabaja en Puerto Vallarta y le va bien, y eso me pone contento pues al igual que yo él trabaja, entretiene a la gente y al mismo tiempo conserva esta bonita costumbre.”



La ceremonia de los Voladores de Papantla


Septiembre 30

1pm, 4pm, 7pm, 8pm y 9pm,
Plaza Principal, frente a la Parroquia.


Octubre 1

3pm, 4pm, 6pm, 7pm, 8:30pm
, Plaza Principal, frente a la Parroquia.



Monte de Piedad: el banco de la gente, parte III
Por Jesús Ibarra

El Nacional Monte de Piedad es una institución para la gente. No sólo presta dinero a los más necesitados a cambio de objetos, algunos de los cuales, en casos anecdóticos y particulares, no tienen ningún valor comercial, sino que también significa una fuente de trabajo para miles de mexicanos. Actualmente, en las 140 sucursales del Monte en toda la República, laboran alrededor de 3,000 empleados, que van desde mozos, pasando por los valuadores, hasta personal administrativo. La relación que los empleados mantienen con el Monte de Piedad es entrañable y todos ellos tienen una historia que contar.


José Luis Medina, valuador

En 1957, José Luis, un joven de 17 años entró a trabajar como mozo al Nacional Monte de Piedad, gracias a un tío suyo que ocupaba un puesto gerencial. José Luis tenía la intención de estudiar medicina, pero a la vez tenía necesidad de trabajar. “La carrera de medicina es de tiempo completo y no se puede trabajar a la vez, por lo que tuve que olvidarme de mi sueño de ser médico”, recuerda José Luis, ahora de 66 años de edad. 

Durante los casi 49 años de labor en la casa de empeño, José Luis ha realizado diversos trabajos. “Entré como mozo, todos entramos como mozos; poco tiempo después me subieron al departamento de cobranza y también fui mecanógrafo”. 

Debido a su afán por superarse, José Luis ingresó a la Academia de Valuadores, institución única en México. Se graduó en 1966, y poco después concursó para una plaza y se quedó con ella, por lo que tiene ya 40 años como valuador. 

José Luis ama su trabajo como valuador en el Monte de Piedad. Le causa una gran satisfacción poder ayudar a los necesitados. “Muchas veces siento que está en mis manos ayudar a la gente. Llegan todo tipo de personas, desde patrones que no tienen para pagar la raya, hasta gente que está enferma y debe ingresar a un hospital”.

José Luis recuerda el caso de una anciana que le dejó una profunda huella. “La ancianita llego a empeñar un rebozo, que aunque estaba muy limpio, estaba muy maltratado y ya no tenía ningún valor. Le dije que no podía recibir esa prenda. Ella me contestó que el dinero era para enterrar a su nieto. Organicé una colecta entre todos los empleados y le dimos 100 pesos. La señora se sintió humillada e insistió en dejar el rebozo. A los dos meses fue a pagar el préstamo y recuperó su rebozo”.

José Luis, actualmente viudo y con tres hijas, una de las cuales trabaja también en el Monte de Piedad, atiende a aproximadamente 200 personas en un día de trabajo, de 8:30am a 2pm. “Mientras pueda hacerlo, seguiré trabajando en el Monte de Piedad” asegura José Luis. 


Carlos Herrero Salas, expendedor

“Tenía 18 años cuando empecé a trabajar en el Monte de Piedad” dice Carlos Herrero, que actualmente tiene 54 años y lleva 36 trabajando en la casa de empeño. 

Como todos, Carlos empezó trabajando como mozo. “Mi madre me insistía que aunque trabajara como mozo, fuera de traje y corbata, y fue así como logré progresar pues pronto me cambiaron al archivo general”. Carlos ocupó varios puestos hasta que llegó a ser expendedor en las almonedas (tiendas) de la casa de empeño. Ha trabajado en diferentes sucursales y recuerda que en una ocasión, en que trabajaba en una en la colonia Buenos Aires –una de los barrios más peligrosos en la ciudad de México- robaron la tienda. “Recuerdo que era un domingo. Se metieron unos asaltantes, ataron al vigilante y lo quemaron vivo. Al cabo de un año, cerraron la sucursal”. 

Para la familia de Carlos es una tradición trabajar en el Monte de Piedad. Su padre fue jefe de almoneda, su madre trabajó en el archivo y su hijo es valuador en una sucursal en León. “Somos tres generaciones de Carlos Herrero que trabajamos en el Monte: mi padre, mi hijo y yo”, dice Carlos. 


Gabriel Cadena, valuador

Gabriel entró a trabajar al Monte de Piedad cuando tenía 22 años y tiene 17 años trabajando ahí. Como todos, escaló posiciones hasta llegar a ser valuador, para lo que estudió durante dos años y medio en el Instituto de Valuadores, en donde tomó cursos de arte, en sus diferentes aspectos, desde pintura hasta arquitectura; cursos de avalúos de automóviles, de aparatos de óptica como cámaras fotográficas; de relojería, gemología, de maderas y muebles, entre otras cosas. En la facultad de Ciencias de la Tierra de la UNAM hizo una especialidad en mineralogía y posteriormente también tomó cursos en el Tecnológico de Monterrey. Actualmente Gabriel tiene el nivel de inspector de valuadores, y su trabajo consiste en supervisar el trabajo de los valuadores. Ha trabajado en sucursales de varias ciudades del país, como Monterrey y San Luis Potosí. Desde hace algunas semanas presta sus servicios en la sucursal de Córdoba, Veracruz. 

Para Gabriel es una satisfacción haber atendido y ayudado a personas de diversas posiciones económicas, que van desde las personas más humildes, hasta artistas, políticos y empresarios. “Cada uno tiene una historia particular y hay muchas anécdotas”, comenta Gabriel. Recuerda en especial el caso de un joven estudiante de enfermería, que durante cuatro años y medio acudía periódicamente al Monte de Piedad, en la sucursal de Xochimilco, y empeñaba diversos objetos. “Cuando el joven terminó sus estudios llegó un día y me dijo: “Te vengo a enseñar mi título, eres la primera persona a quien se lo enseño por todo lo que me ayudaste:” Todo lo que él había empeñado era para costear sus gastos de pasaje, sus libros, y demás gastos para estudiar”, comenta Gabriel con orgullo.