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San Miguel, el fin de un viaje y de un sueño
Por Jesús Ibarra junio 23, 2006
Mientras el sol se ocultaba, aquella tarde del 8 de junio de 2006, Carlos Lorenzo Zavala, de 17 años y sus dos acompañantes Marina Zavala y Celso Avilés Aguilar se habían sentado a un lado de la vía a comer unos tacos que una vecina caritativa les había regalado. El tren en que viajaban como polizones hacia Celaya se había detenido en Apaseo el Grande y habían tenido que bajarse. Como el día expiraba, decidieron pasar la noche en aquel lugar, completamente desconocido para ellos, y tomar otro tren al día siguiente para continuar su viaje. Descuidadamente, Carlos había dejado su mochila en medio de la vía. Repentinamente se oyó el silbido de un tren y Carlos distinguió las luces en la distancia. Había que recoger la mochila con sus escasas pertenencias antes de que el ferrocarril pasara sobre ella. Se levantó y se precipitó sobre las vías para alcanzar la mochila. Todo fue en cuestión de segundos. No alcanzó a regresar. El sueño de una mejor vida en Estados Unidos terminó para Carlos cuando la veloz locomotora
arroyó su cuerpo dejándolo destrozado y sin vida a escasos 20 metros de la vía.
La historia de la muerte de Carlos Zavala no es única. Él es tan sólo uno de los casi 2,000 inmigrantes que han dejado su hogar en Centro América en lo que va del año, en busca de trabajo para una vida mejor, para ellos y sus familias, en México o en los Estados Unidos. Frecuentemente son víctimas de robos, a manos tanto de autoridades como de salteadores, sufren penalidades indescriptibles y otros como en el caso de Carlos, encuentran la muerte. Ahora regresaremos al inicio para oír la historia completa de boca de sus compañeros de viaje, así como los relatos de otros intrépidos migrantes.
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Marina Zavala, 36 años, Honduras
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Marina Zavala decidió dejar a su familia en su pueblo natal, Catacamas, en Olancho, provincia hondureña, colindante con Nicaragua, para ir en busca de una mejor vida en Houston, Texas, a donde vive su hermana. En el largo viaje la acompañaba su sobrino Carlos Lorenzo Zavala de 17 años, quien se reuniría en Houston con su madre, la hermana de Marina. Iba también con ellos Celso Avilés Aguilar, de 24 años, esposo de otra hermana de Marina. Marina dejó atrás a su esposo y ocho hijos. Celso por su parte dejó a su esposa y dos hijos. "Yo me dedico a la agricultura, siembro maíz, frijol, yuca y a veces arroz en las tierras de mi padre. Queríamos ir a Houston porque en Honduras está muy perra la pobreza; sabíamos de los riesgos pero queríamos buscar algo mejor para un futuro y Carlos iba a encontrarse con su madre", dijo Celso, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas. Mientras Celso habla, Marina con los ojos húmedos, perdidos en la distancia, parece como si su mente estuviera en otro lado.
El 24 de mayo de 2006, Marina, Celso y Carlos dejaron Catacamas, llevando en la bolsa el equivalente a tan sólo 1000 pesos mexicanos para los tres. Tomaron un autobús en el que recorrieron alrededor de 240 kilómetros hasta la ciudad fronteriza de San Pedro Sula. Cruzaron la frontera con Guatemala de manera ilegal, y continuaron su viaje en autobús, con dirección noreste, recorriendo casi 400 kilómetros, hasta un punto en la frontera con México, en los límites de los estados de Tabasco y Campeche. Caminaron durante casi 4 días, atravesando cerca de 40 kilómetros de selva, hasta llegar a El Naranjo, un poblado en el estado de Campeche. Ahí abordaron un tren, viajando como polizones, rumbo a Tenosique, Tabasco y luego hasta Palenque, Chiapas, para cruzar después al estado de Veracruz y recorrer Coatzacoalcos, Tierra Blanca, Orizaba y por fin la Ciudad de México, en la estación de Lechería. Hasta este punto, los tres hondureños habían recorrido casi 900 kilómetros de vías férreas dentro del territorio mexicano.
En Lechería, junto con otros centroamericanos, fueron bajados a pedradas y a golpes del tren. "No supe si eran garroteros (policías) o judiciales, pero iban en patrullas, nos amenazaron con armas y nos esculcaron diciendo que buscaban droga, pero nos quitaron el dinero, a Marina hasta los zapatos le quitaron", recuerda Celso.
En Lechería tomaron un tren hacia Celaya. La noche del jueves 8 de junio el tren se detuvo en Apaseo el Grande, y los tres viajeros se bajaron para pasar la noche. Cerca del cruce con la vía férrea, una vecina les regaló unos tacos. Fue entonces cuando sucedió el fatal accidente en el que Carlos perdió la vida. Otra vecina llamó a la policía y a la ambulancia. El cuerpo destrozado de Carlos fue trasladado al Servicio Médico Forense, y Marina y Celso fueron llevados a los separos del Ministerio Público, de donde se dio aviso a la delegación del Instituto Nacional de Migración en San Miguel de Allende, para que se encargara de su deportación. Después de dar aviso a la madre de Carlos en Houston, la Embajada de Honduras y la Secretaría de Relaciones Exteriores se encargarían de trasladar sus restos mortales a Catacamas a más tardar en 36 horas. Celso y Marina emprenderían su viaje de regreso, custodiados por el Instituto Nacional de Migración, con la esperanza de llegar a tiempo para los funerales del joven Carlos.
| Gloria Elena García, 25 años, Nicaragua
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Gloria Elena García, originaria de Boaco, Nicaragua, lleva más de un año viviendo en San Salvador, ciudad capital de El Salvador, en donde se dedicaba a vender ropa. Junto con su novio Orestes, también nicaragüense, decidió dejar El Salvador, invitados por el salvadoreño Juan Carlos, para ir en busca del "Sueño Americano" a Nueva York. Orestes y Juan Carlos trabajaban instalando tablaroca en San Salvador.
El 27 de mayo tomaron un autobús en el que viajaron 150 kilómetros hasta la frontera con Guatemala, por donde cruzaron con un permiso especial que habían obtenido en San Salvador. Llevaban consigo 700 dólares que consiguieron después de haber empeñado varias de sus pertenencias. Viajaron hasta la ciudad de Flores, capital del departamento guatemalteco de Petén, a donde abordaron un nuevo autobús rumbo a la frontera con México, en un punto entre los estados mexicanos de Tabasco y Campeche. Caminaron cuatro días por la selva, hasta llegar a El Naranjo, Campeche, a donde tomaron un tren viajando cerca de 900 kilómetros, cruzando los estados de Tabasco, Chiapas y Veracruz, hasta llegar a la estación de Lechería en la ciudad de México.
"Tengo dos hijas que dejé en Nicaragua con mi mamá", dice Gloria mientras su voz se quiebra, "y por ellas busco mi prosperidad y fui capaz de aguantar el miedo de viajar arriba del tren". Sus hijas, de 10 y 5 años, no son de su actual pareja. "Mi esposo me golpeaba y por eso lo dejé, y ya no lo veo, ni él ve a mis hijas. Me fui a San Salvador a donde conocí a Orestes. Vendía ropa, pero últimamente ya no me alcanzaba, lo que vendía me lo comía al día siguiente."
En la estación de Lechería, Gloria y sus dos acompañantes tomaron un tren con destino a Irapuato. "Hasta Irapuato llegó nuestro destino. Como a las 10 de la mañana nos despertamos, estábamos durmiendo junto a las vías. Orestes y Juan Carlos fueron a llamar por teléfono, yo me quedé esperando en un parque. Una señora me dijo que ahí andaba la migra. Yo no supe que hacer. Orestes me había dicho que si a él lo agarraban que yo siguiera adelante, pero no podía. En ese momento me sentí muy sola. Vi que venía un oficial y salí corriendo, pero él me mencionó el nombre de Orestes, entonces me regresé y me entregué. Me sentí muy triste, me puse a llorar, yo quería seguir adelante, pero no se pudo."
Gloria y sus dos compañeros fueron deportados el viernes 9 de junio por la delegación del Instituto Nacional de Migración en San Miguel de Allende.
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Kevin Luis Alberto Paz Obando, 21
años, Guatemala
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Kevin Luis Alberto, originario de Guatemala, capital, trabajaba como conductor de tuk-tuks, especie de pequeños taxis guatemaltecos, pero con lo que ganaba no le alcanzaba para pagar ni la renta del vehículo. A pesar de que logró terminar sus estudios de bachillerato, que él mismo se pagó, decidió probar suerte en Estados Unidos, con el afán de ayudar a sus padres a terminar de construir su casa.
Con doscientos quetzales en el bolsillo, Kevin salió de Guatemala en autobús, con destino a la provincia de Petén. Caminó durante varios días a través de la selva para cruzar la frontera con México. "Yo viajaba con un grupo de guatemaltecos. Atrás de nosotros iban unos hondureños, a los que un grupo de ladrones asaltaron", recuerda Kevin. "Nosotros corrimos, pero pienso que incluso violaron a una mujer que iba con ellos, por los gritos que se oían."
Kevin llegó hasta la carretera, en donde tomó un autobús hasta El Triunfo, estado de Tabasco. "Ahí trabajé durante cerca de un mes en una pizzería y en una tortillería, pero el dinero que ganaba se me iba todo en comida." Lo invitaron a irse hasta Cancún en donde consiguió trabajo como carpintero. Su patrón no le pagó y decidió proseguir su camino hacia Estados Unidos. "No me importaba a donde llegar, sólo quería cruzar la frontera y luego Dios diría."
En Buena Vista, Tabasco se juntó con un migrante colombiano llamado Willie, que viajaba en una silla de ruedas por haber padecido polio de niño. Entre los dos pedían dinero y comida y Kevin ayudaba a Willie a subir la silla de ruedas al tren. Camino a Orizaba se juntaron con un grupo de hondureños. "Como no había vagones góndolas disponibles, nos subimos a una pipa y nos acomodamos a dormir en la base, a donde las ruedas del tren giraban a escasos metros de nosotros. Uno de los hondureños se durmió y al inclinarse, la rueda lo agarró partiendo su cuerpo en dos. El que iba junto a él quedó salpicado de sangre."
"Nosotros salimos con la idea de que dos cosas pueden suceder en el viaje, o bien llegamos a nuestro destino, o nos morimos en el camino. Vamos conscientes del peligro." Kevin y Willie se separaron en Orizaba y Kevin no volvió a saber de su compañero. Continuó su viaje a Lechería. Después abordó un tren a Irapuato.
El 8 de junio, cuatro meses después de haber salido de su casa, Kevin fue detenido en Irapuato por los oficiales del Instituto Nacional de Migración, y traído a San Miguel de Allende, desde donde fue enviado a Tapachula para ser deportado al día siguiente. "Volveré a intentarlo en unos días más."
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