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Violencia contra la mujer, buscando ayuda y recuperando sus vidas
Por Tania Noriz, julio 7, 2006
“Crecí con la idea de que las mujeres deben trabajar en sus casas, servir a sus maridos y soportar sus abusos, como si los hombres fueran los reyes de sus casas”. Este es parte del testimonio de Alejandra, una de las muchas mujeres de San Miguel, quienes han sobrevivido al abuso de sus novios, esposos, padres y hermanos. Alejandra, al igual que las otras mujeres que hablan en este artículo, tuvo el coraje de contar su historia a las autoridades.
De acuerdo con una encuesta realizada en 2005 por el Instituto Municipal de la Mujer, IMAM, el 60 por ciento de las mujeres encuestadas admitieron no haber denunciado sus casos por temor a más violencia o por no confiar en las autoridades.
Desde septiembre de 2005, el Programa de Prevención de la Violencia del Centro para los Adolescentes de San Miguel, CASA, ha atendido 80 denuncias sobre maltrato. Algunas de estas denuncias fueron reportadas ante el Ministerio Público. De acuerdo con la jefa del programa, Alejandra Saucillo, “Las mujeres tienen el derecho a no denunciar su situación ante las autoridades y muchas prefieren recibir las terapias que en CASA ofrecemos”.
“La mujer tiene derecho a vivir sin violencia, pero debe tener la obligación de denunciar. Es importante que no callen lo que les está pasando pues es más peligroso callar que el abuso. Estas mujeres pueden morir,” comentó Araceli Martínez, jefa del IMAM.
Para proteger la identidad de estas mujeres, Atención ha cambiado sus nombres y algunos datos para evitar que sean reconocidas por sus esposos, familia o amigos.
Rosario, 17 años
Tres meses después de casarse con César, Rosario se dio cuenta de que el alcohol y el machismo serían parte de su relación. “Bebía mucho y se ponía muy agresivo. Me gritaba cuando yo le pedía que ya no tomara, se ponía furioso y me pegaba”.
A pesar de los moretones, Rosario decidió callar el maltrato por miedo a su esposo y por desconfianza en las autoridades. “Estaba desilusionada pues un día fui al Ministerio Público y no me creyeron pues no tenía marcas en el cuerpo que comprobaran el maltrato”.
Después de dos años de maltrato los golpes fueron cambiando de intensidad. “Una vez me golpeó muy fuerte enfrente de su mamá y ella no hizo nada, sentí mucha impotencia y lloré toda la noche”.
César, quien tiene 24 años y tiene una carrera universitaria, también reaccionaba de distintas formas al terminar de golpear a Rosario. Unas veces se arrepentía y otras hasta la obligaba a tener relaciones sexuales sin su consentimiento. Finalmente Rosario buscó ayuda en CASA para reportar el abuso ante las autoridades. “Me decía que todo era mi culpa y que por favor cambiara para que no me volviera a maltratar”.
César ahora enfrenta una demanda en el Ministerio Público. “Le dije que lo iba a demandar con las autoridades. El me decía que no me iba a atrever.”
Ahora Rosario vive con su familia y su pequeño hijo. “Le guardo rencor pero todavía siento que lo quiero. Nunca vi violencia en mi casa y cuando pienso en el pasado y en los moretones me arrepiento de no haber hablado a tiempo, el maltrato no tiene justificación, pero también no denunciarlo es algo que no se debe dejar pasar”.
Martha, 43 años
Martha se casó hace 15 años con alguien que tenía un solo defecto, era muy agresivo. Martha ya no vive con él pero sigue sintiendo dolor y temor.
“Aguanté muchos años su maltrato. Me golpeó a pesar de mi embarazo, casi pierdo a mi hijo. Pude haber muerto en sus manos.” Marta puso fin al maltrato escapando una noche, cuando su esposo se encontraba fuera de casa, trabajando. Tomó a su hijo, algo de ropa, dinero ahorrado y corrió a casa de una amiga. “Estaba furioso. Los celos lo cegaban porque pensó que lo engañaba y que me había ido con otro hombre”.
Después de unos días en casa de su amiga, Martha se refugió con su hermana Margarita quien la ayudó y la llevó al DIF, donde recibió ayuda psicológica y el asesoramiento para poner una denuncia en el Ministerio Público. “Al principio mi esposo me amenazó si no regresaba, después cambió pero no le creí”. Ahora Martha está divorciada y espera por la resolución del juez.
“Muchas mujeres no saben que pueden ser ayudadas. Muchas piensan que merecen ser maltratadas. Eso no es cierto. La mujer merece vivir con amor. Hay otros motivos que nos ayudan a salir adelante, en mi caso es mi hijo, mi trabajo, mi familia y yo. Ahora estoy luchando por olvidar y seguir adelante”.
Beatriz, 35 años
“Siempre fui testigo de violencia en mi familia. Mi papá le pegaba a mi mamá, ella se desquitaba con nosotros. Por eso me salí de mi casa. ¿Quién me iba a decir que iba a casarme con alguien como mi papá?”
Beatriz, al igual que su madre, descargó su coraje y frustración en sus dos hijos. “En un principio pensaba que era parte de la educación que les daba. Pero un día ví con horror que sólo me estaba desquitando, entonces busqué ayuda”.
El esposo de Beatriz sabía lo que hacía. “No era tonto. Me pegaba en lugares donde no se me veían los moretones. Nunca me tocó la cara ni los brazos. Otras veces no me daba dinero, dejándonos sin comer por varios días.”
Nueve años soportó Beatriz el maltrato. Ella se acercó al ministerio Público canalizada por DIF y el IMAM. Lo demandé por maltrato y entonces se asustó y se fue. No lo he vuelto a ver, creo que se fue a Estados Unidos y no me importa, ya obtuve el divorcio y cambié de domicilio y si vuelve no me va a encontrar. No es fácil aceptar que necesitas ayuda pero cuando lo haces, entonces eres capaz de ver la vida con nuevos ojos”.
Alejandra, 23 años
Alejandra decidió perdonar y esperar por el arrepentimiento de su esposo, con quien se casó después de dos años de noviazgo. “El iba a la tienda donde trabajaba y tocaba la guitarra y eso fue lo que me gustó de el, al principio todo era muy bonito pero después cambió”. El esposo de Alejandra, cinco años menor que ella, es alcohólico en recuperación. El la empezó a maltratar cuando eran novios y continuó cuando ella se embarazó. Con un mes de casada y con un hijo de un mes de edad, Alejandra acepta su abuso pues dice que todavía lo quiere. “A veces actúa como si quisiera estar libre”. Alejandra piensa que el machismo y su actitud son los culpables del maltrato que recibe de su esposo. “Dice que no lo obedezco, que no me dejo y que no le gusta que no me deje que me haga como quiera”.
Luego de pasar una situación similar con sus padres —su papá le pegaba a su mamá—no quiere que le pase lo mismo a su bebé. “Me siento triste y no le quiero decir a mi familia por pena de que sepan que me pegan. La familia de él sí sabe pero solo lo regañan. Yo decidí perdonarlo pero si lo vuelve a hacer me voy a ir. Creo que ninguna mujer se merece que le peguen pero ¿qué puedo hacer?” Al momento de la entrevista, Alejandra no sabía de la existencia de CASA, DIF y el Instituto de la Mujer.
¿A dónde acudir?
CENAVI
San Antonio Abad esquina con Insurgentes
De lunes a viernes de 9-4pm, Servicio gratuito, 152-3910
Ministerio Público
Esparza Oteo 17, colonia Guadalupe
Todos los días, las 24 horas del día, Servicio gratuito, 154-9450
Instituto Municipal de la Mujer
Nuevo edificio administrativo
De lunes a viernes de 8:30am-4pm, Servicio gratuito, 120-4328
CASA
Santa Julia 15, colonia Santa Julia
De lunes a viernes de 8am-3pm, Servicio gratuito, 154-6060
Derechos Humanos
María Grever 14, colonia Guadalupe
De lunes a viernes de 9am-3pm, 152-5434
San Miguel: el viaje y el sueño continúa
Por Jesús Ibarra
Parte III
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Al caer la tarde en el poblado de Comonfort se reúnen junto a las vías del tren, en el tramo comprendido entre Comonfort y Escobedo, diversos grupos de migrantes centroamericanos. |
En su mayoría de Honduras, estos hombres y mujeres, cuyas edades oscilan entre los 18 y 30 años, de piel curtida por el sol, vistiendo ropas pobres y con una mochila al hombro, han salido de su país de origen en busca de un mejor futuro para ellos y sus familias y esperan llegar a Estados Unidos. A diferencia de aquellos que han sido detenidos por Instituto Nacional de Migración, brilla aún en sus ojos la esperanza de alcanzar su sueño y una sonrisa se dibuja en sus rostros. Atención logró encontrar a algunos de ellos, que esperaban tomar un tren al pie de la vía, y quienes aquí nos cuentan su historia.
La mayoría de los migrantes centroamericanos que pasan por Guanajuato en su camino a los Estados Unidos, vienen de Honduras, uno de los países más pobres del hemisferio occidental. La economía del país se enfrenta a serios problemas como el crecimiento desmedido de su población, la inflación y la dependencia de la exportación de productos agrícolas como plátano y café, cuyos precios están sujetos a grandes variaciones. La mayor parte de su mano de obra se emplea en la agricultura y algunos más en la manufactura de ropa. Muchos de ellos emigran en busca de mejores oportunidades de vida. Proceden de diferentes regiones de Honduras como Comayagua, Yoro o Choloma
Francisco Mejía, 30 años, Honduras
| Francisco vive en un poblado a las afueras de Comayagua, ciudad que se encuentra a 104 kilómetros al noroeste de Tegucigalpa, capital del país. Se dedicaba a la agricultura sembrando maíz y frijol, en tierras de temporal. |
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“De lo que vendía, apenas si sacaba para comer, me decidí a probar suerte en los Estados Unidos porque había días que no comíamos”, recuerda Francisco. De su última cosecha logró juntar 3000 lempiras (lo equivalente a 260 dólares), de lo cual dejó la mitad a su esposa y a sus dos hijas. Con 1500 lempiras en la bolsa, Francisco salió de Comayagua, hacia Guatemala.
Viajando en autobús, recorrió 400 kilómetros dentro de Guatemala hasta llegar a la frontera con México. Después de cinco días de caminar a través de la selva llegó a El Naranjo, desde donde tomó el tren. En Tenosique, Tabasco encontró a dos compatriotas hondureños, Elman Murillo y Olvin Eraso, ambos originarios de una comunidad del departamento de Choloma Cortés. “La crecida del río Ulúa inundó nuestras tierras y toda la cosecha se perdió” relata Elman. “Por eso decidimos ir a probar suerte en Estados Unidos”. Elman, de 25 año, dejó atrás a su madre y cuatro hermanos más pequeños, mientras que Olvin, de 27, dejó a su esposa y tres hijos.
Los tres hondureños prosiguieron juntos el viaje. “Cuando llegamos a Orizaba vimos como un compañero hondureño intentó subirse al tren en marcha pero no se sujetó bien, se cayó y el tren le pasó encima”, relata Elman. “Sentí miedo y deseos de regresar a mi país, pero me decidí a continuar, por mi familia”.
Al llegar a la estación de Lechería en la ciudad de México, unos policías los bajaron del tren y los registraron, quitándoles el poco dinero que les quedaba. De la ciudad de México viajaron hasta el Estado de Guanajuato, bajándose del tren en Comonfort, de donde tomarán un tren hacia San Luis, emprendiendo así la última etapa de su largo viaje.
“No conozco a nadie en Estados Unidos, ni se que destino tendré, esta es la primera que lo intento”, dice Francisco.
Por su parte Elman y Olvin sí tienen contactos en la Unión Americana. Elman piensa llegar hasta Michigan y Olvin a Kansas. La ilusión de la alcanzar su sueño brilla aún en sus ojos. A pesar de sus desventuras tienen fe en que llegarán a su destino. “Pienso quedarme no más de 3 años en Estados Unidos, juntar algo de dinero y regresar a Honduras” dice Olvin. Los tres estuvieron de acuerdo en que si los deportan volverán a intentarlo.
Rosario Masariego, 25 años, Honduras
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Rosario es madre soltera de tres hijos, de nueve, cuatro y dos años, a quienes dejó en su pueblo natal, en el departamento de Yoro. “Yo trabajaba en una maquiladora de ropa, pero la vida es tremenda allá y yo quiero darle una mejor vida a mis hijitas”. |
Rosario logró ahorrar 3000 lempiras, dejó a sus hijos con su madre y emprendió el largo viaje. Atravesó Guatemala en autobús y cruzó la frontera con México a pié por El Naranjo.
“Tuve que dar dinero a la policía de Guatemala para que me dejara pasar, después también en México. Al salir de El Naranjo, yo iba con un grupo de hondureños. Nos topamos con unos asaltantes, eran como cuatro. Pienso que eran de alguna “mara” pues alcancé a ver llevaban tatuajes. Yo corrí y logré escapar, pero sí agarraron a algunos compañeros. Sentí mucho miedo, pero gracias a Dios, no me sucedió nada”.
Rosario lleva 13 días viajando “Ha habido días que no comemos nada”, comenta Rosario. “Cuando comemos es gracias a algunas buenas personas que nos regalan comida”. Su destino final que es Nueva York, en donde tiene amigos que la ayudarán a conseguir trabajo. “No estaré más de tres años. Juntaré algo de dinero y regresaré junto a mis hijas en Yoro”.
Mientras espera el tren a San Luis Potosí, su sonrisa de esperanza no oculta su tristeza de estar lejos de sus hijas.
Carlos Castro 30 años, Honduras
| Carlos Castro, del departamento de Yoro, viaja con Rosario y otros más procedentes del mismo lugar. Carlos se dedicaba a la agricultura, sembrando frijol, maíz y café. |
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“Dejé a mi esposa y tres hijos pequeños, me dolió hacerlo, pero lo que ganaba yo no me dejaba ni para comer”, relata Carlos, quien emprendió el viaje llevando solamente 3000 lempiras consigo. Cruzó la frontera por el poblado de Agua Prieta en el estado de Chiapas. “Había un río –Suchiate- y tuve que cruzar en una lancha, en lo que me gasté casi la mitad de lo que llevaba”, relata Carlos. “Intenté cambiar mi dinero por pesos mexicanos, pero cuando se lo di al hombre que dijo me lo cambiaría, se echó a correr”. Pidiendo dinero y comida, Carlos logró llegar hasta Tenosique en donde abordó el tren que lo llevaría hasta Lechería. “Ahí me encontré con algunos compañeros, también de Yoro” y proseguimos nuestro viaje hasta que llegamos aquí. En un rato más saldrá el tren, nos acomodaremos donde podamos, y llegaremos a San Luis Potosí”, dice Carlos con la esperanza de llegar a su destino final en Houston, Texas.
¿Como es la población y economía de Honduras?
La fuerza laboral de Honduras trabaja en:
Agricultura 62%
Prestación de servicios: 20%
Productos Manufacturados 9%
Construcción: 3%
Otros: 6%
Desempleo: 30%
Analfabetismo: 30%
Divisiones étnicas
Mestizos (mezcla de Indios y Europeos): 90%
Indios: 7%
Negros: 2%
Blancos: 1%
Productos agrícolas de exportación: Plátano y café.
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