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Ciudades y edificios
Por Edgar Soberón, agosto 18, 2006
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Con frecuencia recordamos y asociamos pueblos y ciudades con sus grandes edificios. Esto es debido en parte a la dominancia de dichas estructuras sobre el paisaje urbano, su perfil y su horizonte. |
Pienso también que llegamos a asociar lugares con dichas estructuras por su escala monumental, por su función o belleza pero también debido a una descarga de imágenes en los medios, lo que ayuda a moldear una representación simbólica en nuestra imaginación colectiva. Dichos edificios vienen a darle cuerpo no sólo a un lugar, sino a veces también a la gente y a la cultura, cuyas formas de alguna manera se convierten en el semblante que todos reconocemos, como una cara familiar.
Esto último es evidente aún para lugares que no hemos visitado. Pienso en Sydney, Australia, y no puedo evitar relacionarla con su Teatro de la Ópera en la bahía, o en Barcelona y su Sagrada Familia, sin dejar de mencionar Bilbao, que ahora tiene un perfil global gracias a Frank Gehry y su astronave como el Museo Guggenheim. Probablemente el más famoso de estos edificios y uno de los pocos sin ninguna utilidad es la Torre Eiffel. A lo largo de los años ha venido a simbolizar, no sólo París y todo lo francés, sino el modernismo del siglo XX. Estos ejemplos, sólo por nombrar unos cuantos, son imágenes que llevamos con nosotros en nuestra imaginación y memoria. Podríamos llamarlos postales fotográficas de la mente.
Esto me trae a la mente un ensayo que leí hace años, del autor francés Roland Barthe, titulado “La Torre Eiffel”. En este pequeño ensayo Barthe recuerda cómo el escritor Guy de Maupassant comía todos los días en el restaurante de la Torre. Según el autor, este era la única manera de disfrutar, aunque fuera por unas horas al día, en que no sentía la presencia del monolito de hierro observándolo. La obsesión o excen-tricidad de Maupassant podría ser descrita como encantadora, si no es que ligeramente neurótico o paranoico, al menos esa fue mi primera impresión después de leer el ensayo. Años después tuve la oportunidad de confirmar su profundo significado e implicaciones, la caída de las Torres Gemelas en Manhattan.
Habiendo vivido en Chelsea por muchos años, recuerdo los meses después de la caída de estos prominentes edificios. Aún miro detrás de mi hombro en mi camino a casa para verificar su desaparición: su presencia aún se sentía, pero a diferencia del ensayo de Maupassant, esto era como un miembro fantasma, amputado del horizonte de Nueva York. Durante muchos años las Torres habían marcado el sur en mi mapa mental, y de repente se habían desvanecido para siempre.
Si la caída de la Torres Gemelas dejó una cicatriz en la imaginación colectiva de la ciudad, este vació será reemplazado eventualmente por algún otro edificio. El Empire State Building u otro rascacielos se elevará para adquirir dominancia. Manhattan, a diferencia de otros lugares, tiene varios de estos íconos simbólicos. Con frecuencia he pensado en Nueva York como uno de esos reptiles o plantas tropicales que cuando se les corta un miembro o rama, otro crece en su lugar. Es un lugar diferente de todos, en constante cambio, reinventándose así mismo con energía interminable. Si mal no recuerdo una de las propuestas de un joven arquitecto para la reconstrucción del lugar en donde estaban las Torres Gemelas, fue hacer cuatro torres idénticas que surgieran desde el Battery Park. Creo que esto ilustra la idea claramente.
Cuando pensamos en San Miguel de Allende, la imagen que nos viene a la mente es la de la Parroquia. Una fantasía neogótica de finales del siglo XIX, cuyos encantos particulares no sólo son pretensiones, sino sus escalas y proporciones, que de alguna manera ayuda a humanizar el edificio. Las catedrales monumentales en Francia y Alemania que la inspiraron, fueron hechas para intimidar, o hasta para causar miedo en el espectador, no como sus modernas contrapartes, los rascacielos. La Parroquia es en comparación algo como salido de un cuento de hadas, su cantera rosada, del color de la piel humana. Aunque domine el horizonte como hacen las estructuras monumentales, no es visible desde todos los puntos del pueblo. Debo añadir que la infortunada coloración recién aplicada al edificio ha tenido diversas recepciones entre la población. Todos esperamos que con el tiempo se diluya con las inclemencias del clima, si no se puede corregir de otra manera. En un día soleado, parándose cerca del edificio, puede uno aceptar la nueva coloración puesto que a la luz del sol se confunde con el color natural de la cantera, un rosado mucho más pálido. Sin embargo, cuando la vemos a distancia o desde las afueras del pueblo, la parte superior se ve de un rojo óxido intenso, que contraste con el azul del cielo.
Si hay algo más largo que la vida y hasta irreal en las estructuras que dominan el perfil de ciudades y pueblos, están también aquellos edificios que por su naturaleza e intención les son totalmente opuestos. Son éstos modestas y discretas estructuras, construidas con proporción y medida de escala humana. Sus encantadores soportes, por su simplicidad de estilo, dan al visitante una sensación de intimidad. Son edificio que el visitante aventurero siente que acaba de descubrir en su vagabundear, y se lleva a casa como una vívida experiencia. Más que una imagen simbólica colectiva a la que aspiran los grandes edificios, estos edificios forman parte de nuestra memoria personal de un lugar. Son a menudo el centro de pequeños barrios concéntricos, más no el centro de una ciudad completa.
| Un lugar como estos, aquí en San Miguel, es el pequeño santuario dedicado a Nuestra Señora de la Soledad, conocido también como El Calvario. Se puede apreciar esta pequeña capilla rumbo a la salida a Querétaro, en la parte alta de la calle de San Francisco.
La primera fase de construcción del edificio data del siglo XVIII (una inscripción en la entrada dice 1730). Su altar muestra una imagen de la Virgen tallada en piedra. |
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La fachada y el vestíbulo fueron construidos a principios del siglo XIX en el estilo neoclásico del periodo.
Tallada en cantera roja, sobre el arco de la entrada están los símbolos de la Pasión de Cristo, que relacionan el edificio con el Santuario de Atotonilco y con su fundador el padre Luis Felipe Neri de Alfaro, un devoto místico, poeta y seguidor del culto a la Virgen de la Soledad. El edificio se localiza en lo que antes era el Camino Real y se dice que era un importante lugar de veneración, no sólo para peregrinos en su camino a Atotonilco, sino para viajeros y comerciantes que ofrecían sus plegarias a la Virgen antes de embarcarse en un largo y frecuentemente peligroso camino a la capital. En la actualidad, el Vía Crucis del Viernes Santo aún culmina en el santuario.
Tuve la oportunidad de hablar con la cuidadora del edifico, la señora Alicia Quintanar, quien me dio algo de la información histórica del edificio. Su familia ha cuidado de este pequeño santuario por varias generaciones y ella es la última en la línea. Hablamos de un reciente accidente automovilístico que dejó uno de los pilares de la entrada casi demolido por completo. También mencionó que el municipio envió un ingeniero perito a evaluar el daño bajo la administración del ex – presidente municipal Villarreal. Sin embargo nada se ha hecho desde entonces.
No sería una exageración decir que el edificio está deteriorado y esperamos que se le de pronto el cuidado y atención adecuados a esta pequeña joya histórica. Las renovaciones que han ayudado a restaurar muchas de las iglesias y monumentos aquí en San Miguel parecen haberse detenido con las recientes elecciones. Esperemos que la nueva administración continúe con sus esfuerzos para preservar el patrimonio cultural de San Miguel y de la nación.
Grandes edificios, grandes y pequeños, forman parte de nuestra imaginación colectiva e historia. Nos ayudan a moldear nuestro sentido del lugar, y por consiguiente nuestro sentido de la realidad. Habitan en nosotros como nosotros habitamos en ellos, haciendo y dando significado a tiempo y espacio.
Cuando desaparezcan, parte de nosotros se perderá con ellos. Nosotros somos sus cuidadores.
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