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Frida en San Miguel… ¿auténtica o falsa?
En la edición del 2 de octubre, Atención publicó la historia sobre cómo la autenticidad de esta colección se ha puesto en duda. Ahora, presentamos cómo la colección llegó a San Miguel de Allende.
Ese mismo año, estando de visita en la tienda de antigüedades de una amiga en la Ciudad de México, encontraron una pequeña pintura de un venado herido con la cabeza de Frida, una charola pintada, una serie de notas y cartas firmadas por Kahlo dentro de una caja laqueada de Michoacán que databa de 1950, y siete jarros para pulque pintados a mano y firmados. Los objetos eran propiedad de un abogado de nombre Manuel Marcué, quien desaba valuarlos.
Cuando Ruth vio los objetos no tuvo dudas sobre su autenticidad, pero sugirió que debían ser llevado a los Fridos –Arturo García Bustos, Arturo Estrada,Guillermo Monroy y Fanny Rabel –que fueran discípulos de Frida y convivieron con ella y con Diego por alrededor de 10 años.
Fueron Arturo García Bustos y su esposa Rina Lazo (quien fuera asistente de mural de Diego Rivera y cuya firma aparece en el mural del maestro titulado, Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central) quienes estuvieron disponibles, pero dijeron que necesitaban más tiempo para analizar la colección, aunque a simple vista les parecieron auténticos. Los Noyola les dejaron la pintura del venado y regresaron unos días después. García Bustos y Lazo dijeron que estaban absolutamente seguros que la pintura era auténtica. Una vez seguros de su autenticidad, los Noyola compraron los objetos al abogado.
Según Noyola, el abogado le dijo haber adquirido la colección en 1979, de un ebanista apodado “El Gúero”, quien tenía “unas manos grandes y pecosas”,y que tenía un hijo con Síndrome de Down, pero cuyo nombre no recordaba. El ebanista le había contado que la misma Frida le había dado los objetos, a cambio de algunas puertas y marcos que le había tallado, y que había pasado algunos de sus últimos días, llenos de dolor, con ella en 1954. Según él, Frida sabía que moriría pronto y no quería que esos objetos tan personales e íntimos cayeran en manos de otros.
El hombre quedó temeroso de volver a intentar vender otro cuadro, pero se sentía viejo y estaba preocupado tanto por su hijo enfermo, como por el resto de los objetos de Kahlo que aún estaban en su poder. Cuando el abogado lo visitó para encargarle un trabajo de ebanistería, el hombre le habló de los objetos y de la mala experiencia que había tenido al tratar de vender una de las pinturas. El abogado decidió comprarle toda la colección y le pagó con centenarios de oro, la única forma de pago que aceptaba.
Nos dijo que su primer maestro tenía una enorme colección de objetos que pertenecieron a Frida y que él mismo había leído algunas de las cartas que tenía. Les dijo que el nombre de su maestro era Abraham Jiménez López, llamado ‘El Güero’, y que tenía unas ‘manos enormes y pecosas’. Concluimos entonces que el nombre del ebanista era Abraham Jiménez López. Más tarde conseguimos una foto de Abraham en la que se pueden apreciar sus manos grandes y pecosas y al fondo, un autorretrato de Frida”.
Entre estos está un diario con la inscripción Los placeres de la vida de la mesa a la cama, por Frida Kahlo 1948, cuyas páginas describen sus relaciones sexuales, incluyendo sus experiencias con Diego y con León Trotsky, así como su orientación bisexual. También hay un Sumario de Cirugía en francés que contiene varias anotaciones hechas a mano en la sección de amputación de pierna. Una de las notas dice “Hoy sólo me queda cantar aquello de ‘La Frida ya no puede caminar por que no tiene marihuana que fumar’”, haciendo referencia a la canción popular mexicana de La Cucaracha. Cartas (incluyendo algunas dirigidas al poeta mexicano Carlos Pellicer, amigo tanto de Frida como de Diego), dibujos, pequeñas notas, ropa, cajas laqueadas, boletos de tranvía, postales y hasta algunos autorretratos completan la colección.
Noyola vendió una pequeña parte de la colección –una caja laqueada de Michoacán con 35 textos, algunos firmados por Kahlo, incluyendo mensajes a Diego Rivera, poemas, y dos postales de París que nunca fueron enviadas, y seis acuarelas –a la pareja estadounidense Graeme and Joanne Howard, conservando el resto para sí.
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