Frida en San Miguel… ¿auténtica o falsa?
Parte II
Por Jesús Ibarra

Los ojos del mundo del arte están puestos en San Miguel desde la publicación del libro Finding Frida Kahlo de la escritora y curadora de arte radicada en San Miguel, Bárabra Levine, que cuenta la historia de cómo el anticuario Carlos Noyola y su esposa Leticia encontraron una colección de dibujos, pinturas, cuadernos, cartas y objetos personales atribuidos a Frida Kahlo.

En la edición del 2 de octubre, Atención publicó la historia sobre cómo la autenticidad de esta colección se ha puesto en duda. Ahora, presentamos cómo la colección llegó a San Miguel de Allende. 

Un gran descubrimiento 

Noyola y su esposa han sido anticuarios por 38 años. Empezaron en Monterrey, pero llegaron a San Miguel de Allende en el 2004 y abrieron una tienda de antigüedades, La Buhardilla, en la Fábrica La Aurora. 

Ese mismo año, estando de visita en la tienda de antigüedades de una amiga en la Ciudad de México, encontraron una pequeña pintura de un venado herido con la cabeza de Frida, una charola pintada, una serie de notas y cartas firmadas por Kahlo dentro de una caja laqueada de Michoacán que databa de 1950, y siete jarros para pulque pintados a mano y firmados. Los objetos eran propiedad de un abogado de nombre Manuel Marcué, quien desaba valuarlos. 

Carlos y Leticia Noyola

Los Noyola se interesaron en los objetos y el abogado accedió a dárselos a consignación durante una semana. Se los llevaron a Ruth Alvarado Rivera, nieta de Diego Rivera, quien era curadora independiente de la obra de su abuelo y de Frida, y quien estaba escribiendo un libro sobre la pintora.

Cuando Ruth vio los objetos no tuvo dudas sobre su autenticidad, pero sugirió que debían ser llevado a los Fridos –Arturo García Bustos, Arturo Estrada,Guillermo Monroy y Fanny Rabel –que fueran discípulos de Frida y convivieron con ella y con Diego por alrededor de 10 años. 

Arturo García Bustos y Rina Lazo

Según Noyola, los Fridos son los más importantes y discriminativos autentificadores del trabajo de Frida. 

Fueron Arturo García Bustos y su esposa Rina Lazo (quien fuera asistente de mural de Diego Rivera y cuya firma aparece en el mural del maestro titulado, Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central) quienes estuvieron disponibles, pero dijeron que necesitaban más tiempo para analizar la colección, aunque a simple vista les parecieron auténticos. Los Noyola les dejaron la pintura del venado y regresaron unos días después. García Bustos y Lazo dijeron que estaban absolutamente seguros que la pintura era auténtica. Una vez seguros de su autenticidad, los Noyola compraron los objetos al abogado. 

Abraham Jiménez López

El dueño original

Después que los Noyola compraron el primer lote, el abogado los llamó varias veces para ofrecerles más objetos, también supuestamente de Frida, que encontraba en las muchas cajas fuertes que tenía en su casa. “Compramos toda la colección poco a poco, entre 2004 y 2008, hasta que el abogado dijo no tener más objetos,” dijo Noyola. “La colección completa incluye cerca de 1,200 piezas.”

Según Noyola, el abogado le dijo haber adquirido la colección en 1979, de un ebanista apodado “El Gúero”, quien tenía “unas manos grandes y pecosas”,y que tenía un hijo con Síndrome de Down, pero cuyo nombre no recordaba. El ebanista le había contado que la misma Frida le había dado los objetos, a cambio de algunas puertas y marcos que le había tallado, y que había pasado algunos de sus últimos días, llenos de dolor, con ella en 1954. Según él, Frida sabía que moriría pronto y no quería que esos objetos tan personales e íntimos cayeran en manos de otros. 

El abogado le contó también que el ebanista, al tratar de vender una de las pinturas de Frida, se encontró con Dolores Olmedo, depositaria del trabajo de Frida y Diego. Cuando Olmedo vio la pintura, le dijo al artesano que él no tenía permiso de poseer ese cuadro y lo amenazó con la cárcel. Le dio un poco de dinero y se quedó con la obra.

 El hombre quedó temeroso de volver a intentar vender otro cuadro, pero se sentía viejo y estaba preocupado tanto por su hijo enfermo, como por el resto de los objetos de Kahlo que aún estaban en su poder. Cuando el abogado lo visitó para encargarle un trabajo de ebanistería, el hombre le habló de los objetos y de la mala experiencia que había tenido al tratar de vender una de las pinturas. El abogado decidió comprarle toda la colección y le pagó con centenarios de oro, la única forma de pago que aceptaba. 

“Cuando llevamos la charola pintada por Frida a un taller de restauración, conocimos al pintos Sergio Hernández,” dijo Noyola. “Cuando vio la charola, le dijimos que era parte de una colección atribuida a Frida Kahlo que habíamos adquirido. 

Nos dijo que su primer maestro tenía una enorme colección de objetos que pertenecieron a Frida y que él mismo había leído algunas de las cartas que tenía. Les dijo que el nombre de su maestro era Abraham Jiménez López, llamado ‘El Güero’, y que tenía unas ‘manos enormes y pecosas’. Concluimos entonces que el nombre del ebanista era Abraham Jiménez López. Más tarde conseguimos una foto de Abraham en la que se pueden apreciar sus manos grandes y pecosas y al fondo, un autorretrato de Frida”. 

La colección

La colección, propiedad de los Noyola, incluye cinco valijas–una maleta marcada con la leyenda Señora Kahlo de Rivera, una caja de madera, un cofre de Olinalá, un cofre grande de madera y un baúl de metal –conteniendo diversos objetos. 

Entre estos está un diario con la inscripción Los placeres de la vida de la mesa a la cama, por Frida Kahlo 1948, cuyas páginas describen sus relaciones sexuales, incluyendo sus experiencias con Diego y con León Trotsky, así como su orientación bisexual. También hay un Sumario de Cirugía en francés que contiene varias anotaciones hechas a mano en la sección de amputación de pierna. Una de las notas dice “Hoy sólo me queda cantar aquello de ‘La Frida ya no puede caminar por que no tiene marihuana que fumar’”, haciendo referencia a la canción popular mexicana de La Cucaracha. Cartas (incluyendo algunas dirigidas al poeta mexicano Carlos Pellicer, amigo tanto de Frida como de Diego), dibujos, pequeñas notas, ropa, cajas laqueadas, boletos de tranvía, postales y hasta algunos autorretratos completan la colección. 

Noyola cuenta que “como anticuarios, sabíamos que el material correspondía a la época, pero queríamos investigar más con expertos en las diferentes áreas. Después de cuatro años, hemos concluido que la colección puede considerarse como atribuible a Frida. El 90 por ciento está propiamente autentificada.”

Noyola vendió una pequeña parte de la colección –una caja laqueada de Michoacán con 35 textos, algunos firmados por Kahlo, incluyendo mensajes a Diego Rivera, poemas, y dos postales de París que nunca fueron enviadas, y seis acuarelas –a la pareja estadounidense Graeme and Joanne Howard, conservando el resto para sí. 

“Creo que el material es de un gran valor histórico para México,” dijo el anticuario. “Yo soy sólo un depositario temporal de la colección. Lo queremos ceder a un museo para que personas que estén realmente interesados en Frida y en su trabajo puedan tener acceso a él. Queremos ofrecerlo a investigadores e historiadores que no tengan intereses económicos”.