Diego Rivera en Veracruz
Por Francisco Vidargas
(Subdirector de Patrimonio Mundial, INAH)

Este año se conmemoran los 50 años del fallecimiento del extraordinario pintor mexicano Diego Rivera. Con tal motivo, tanto museos nacionales (Palacio de Bellas Artes, Museo Nacional de Arte) como estatales (Museo Casa Diego Rivera en Guanajuato) han organizado diversas exposiciones sobre su obra de caballete y mural.


Una de las colecciones públicas más importantes que alberga trabajos del pintor guanajuatense, es la del gobierno de Veracruz. En el Museo de Arte del Estado, ubicado en el antiguo convento de San Felipe Neri en Orizaba, se resguardan 36 obras de caballete realizadas a lo largo de la fructífera vida del artista, desde óleos tempranos hasta dibujos elaborados poco tiempo antes de morir. 

¿Qué tanto y por qué influyeron las tierras veracruzanas en la formación artística de Diego Rivera? Los invito a averiguarlo.

Veracruz fue por mucho tiempo la tierra que nos unía con el pasado, el presente y el futuro, “puerta estrecha de México” como la llamó el escritor Fernando Benítez, convivencia eterna del mar y la meseta, colmada siempre de brisa marina, sensual y dichosa naturaleza. 

Venero jubiloso y custodio celoso de nuestra puerta al Occidente, Veracruz todo lo tiene y obtiene del mar, sus bosques y campos cultivados, donde se dan cita el maíz, el cacao, la vainilla, el azúcar y el café, así como los huertos del mango, zapote, papaya, guanábana, aguacate, granada y frutas cítricas. Desde 1519 relataban los conquistadores que en sus llanuras se encontraban agraciadas “verjas y riberas, tales y tan hermosas que en toda España no pueden ser mejores... apacibles a la vista como fructíferas”.

A partir del siglo XIX el territorio veracruzano se vio “invadido” por artistas viajeros que lo recorrieron palmo a palmo, descubriendo –nos dice Carlos Fuentes- hasta los lugares más recónditos, “el escándalo de los colores mexicanos, la pintura mutante de la naturaleza... la perfección, la armonía tan deseada [y] la paz de los elementos”.

No solo los pintores locales y regionales se extasiaron ante “la feracidad y la calma” de estos sitios, sino que de muchos otros lugares –como se pudo ver tiempo atrás en la espléndida exposición Veracruz, los colores del sol, curada por Elisa García Barragán-, “artistas viajeros y trotamundos... fijaron su interés en tantas vistas y profusión de horizontes... [quedando] sobradamente cautivados”.

Innumerable es la lista de artistas y científicos mexicanos y extranjeros que dedicaron sus afanes a descubrir el paisaje veracruzano. Tan solo recordemos que por ahí anduvieron y dejaron constancia en singulares obras pictóricas, los alemanes Johan Moritz Rugendas (de pincel fuerte y contrastado colorido), Carl Nebel y August Lohr; el suizo Johann Salomon Hegi; los italianos Pedro Gualdi y Eugenio Landesio; los ingleses William Bulloc, John Phillips, J. Moncalfe y James Gay Sawkins; además de los galos Pharamond Blanchard, Jean Baptiste Louis de Gros (que en su cuadro El Pico de Orizaba de 1833 reprodujo magistralmente la fertilidad tropical) y Paul Edouard Alfred Darràs.

Entre los pintores mexicanos que ilustraron esas tierras durante el siglo XIX y la primera mitad del XX, se cuentan Cleofas Almanza, Agustín Arrieta, Casimiro Castro (y sus vistas desde el ferrocarril), los orizabeños José Justo Montiel y Gonzalo Argüelles Bringas, el xalapeño Carlos Rivera, Ignacio Rosas (retratista de Nahui Ollin), Mateo Saldaña, Julio Montalvo, los tlacotalpeños Alberto Fuster y Salvador Ferrando, además de Ramón Cano Manilla.

No debemos olvidar a Joaquín Clausell, espléndido paisajista, (quien para su Vista del Pico de Orizaba utilizó pinceladas “de gran soltura”), ni a Gerardo Murillo, el Dr. Atl, último de los paisajistas mexicanos.

Pero sin lugar a dudas, el más destacado fue José María Velasco, maestro que formó a nuevas generaciones de artistas en la Academia de San Carlos, entre ellos a Diego Rivera. El artista de Temascalcingo, impulsó en sus alumnos el estudio directo de la naturaleza como base del buen aprendizaje. Los motivaba para que interpretaran, con su propia sensibilidad y voluntad creadora, los colores y la luz del paisaje mexicano. A ello contribuyeron las excursiones que periódicamente realizaron para dibujar lo natural, desde fragmentos de arquitectura hasta lontananzas y paisajes completos.

En 1873 se inauguró la vía ferrea México-Veracruz, y un año más tarde Velasco viajó por aquella región. A lo largo del trayecto encontró –dice su biógrafa, María Elena Altamirano-, que “la fisonomía de las plantas de clima cálido, el espesor impenetrable del bosque [y] la vegetación de plantas que cubren las orillas de ríos y cascadas, representaban nuevas imágenes para su pintura”.

Dos años más tarde regresó a Veracruz por Xalapa y Coscomatepec, a las faldas del Pico de Orizaba, donde pintó parajes, coníferas y flora que vive a más de dos mil metros de altura. De sus viajes surgieron diversidad de obras plásticas, entre ellas el Volcán de Orizaba o Citlaltépetl (1876), la Hacienda de Monte Blanco (1878-79, pintado con su maestro Landesio), y la Cañada de Metlac (1897-98).

De Velasco, extraordinario artista, fundador del arte moderno mexicano, Diego Rivera aprendió no solo el estudio y empleo de las técnicas y teorías pictóricas, sino también la meticulosidad analítica y el vuelo imaginativo. Gracias a esa enseñanza, Rivera obtuvo diversos premios en la Academia, siendo reconocido por los maestros por su “amplitud de concepto y su sobria factura, casi de maestro”.

Las cualidades estéticas de Diego se confirmaron dos años después por el éxito que obtuvo con los 26 trabajos que presentó dentro de la Exposición de Artistas Mexicanos Pensionados en Europa, organizada por el Dr. Atl. Dicha muestra, y principalmente su tela sobre el Pico de Orizaba (1906), le abrió las puertas para que el gobernador de Veracruz, Teodoro A. Dehesa, le concediera una beca para estudiar en España, con una pensión cercana a los 300 francos. 

Rivera recorrió en el verano de 1907, junto con la rusa Angelina Beloff (su primera esposa), parte de Andalucía, Extremadura y Vizcaya, visitando por primera vez Toledo, además de pasar una temporada en el pueblo catalán de Montserrat. Más tarde viajarían a Londres, Gante, Brujas, Bruselas y París. Esta primera estancia europea duró de febrero de 1907 a septiembre de 1910.

Diego envió periódicamente parte de su obra realizada en Europa, como pago de su beca. Desafortunadamente la correspondencia enviada a su benefactor, se extravió durante los convulsos años de la Revolución. Al respecto, el escritor Martín Luis Guzmán señala que el pintor escribió “cartas sumisas y obedientes a los deseos de la persona que tan generosamente le ayudaba a seguir el camino por el que llegaría a convertirse en un gran artista”. El gobernador Dehesa dejó el poder en junio de 1911, un mes después de la renuncia de Porfirio Díaz a la presidencia de México, por lo que la pensión para Rivera llegó a su fin. 

Por fortuna un año antes, en una breve estancia en el país, Diego había expuesto en la Academia sus trabajos como becario entre noviembre y diciembre de 1910 (en 1991 el historiador del arte Ramón Favela trabajó en la investigación, curaduría y reconstrucción histórica de esa primera muestra). Colocadas las obras en orden cronológico, le auxiliaron en el montaje sus antiguos maestros Leandro Izaguirre, Félix Parra y Velasco. Inaugurada por doña Carmen Romero Rubio de Díaz, Justo Sierra (ministro de Educación) y Antonio Rivas Mercado (director de la Academia), incluyó 45 obras: 35 óleos, 2 aguafuertes y 8 dibujos. Una de las obras estaba dedicada “desde París” al gobernador Dehesa, la Naturaleza muerta con calabaza de 1910, obra que sería subastada en 1981 por Sotheby´s en Nueva York.

Noventa y siete años después, los saldos de aquella primera exposición no son favorables para recuperar aquel conjunto pictórico de Diego Rivera: 21 de las telas enviadas desde Europa se encuentran dispersas en colecciones públicas y privadas de México y Estados Unidos. Solo una se encuentra en tierras veracruzanas: el Retrato de Angelina Beloff. Seis obras más se conocen únicamente por reproducción fotográfica. Los aguafuertes están en colecciones privadas y un dibujo en el Museo Casa Diego Rivera de Guanajuato.

Será casi imposible volver a ver junto ese conjunto de obras de caballete del artista mexicano. Pero la huella veracruzana, además de la destacada formación académica, marcaron para siempre su quehacer artístico, por lo que podemos concluir diciendo –como escribiera el guatemalteco Luis Cardoza y Aragón- que “por cualquier camino que estudiemos las artes plásticas de México, llegaremos [siempre] a Diego Rivera”, artista mexicano universal.