Rodrigo Ayala: Regio retratista

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Por Alfredo Rivera Flores

Sí, creció rodeado de una familia amorosa, pero que todo lo envolvía en las precisas líneas y las rigurosas perspectivas de los proyectos de arquitectura. Sin embargo, un afortunado día el óleo, los pinceles y la espátula le abrieron los horizontes ilimitados del mundo del color que lo estaba esperando. A partir de entonces, joven, voluntarioso y apasionado, se enfrascaba todo el día y lo que hiciera falta de la noche hasta lograr, en algún momento, que el par de pasos hacia atrás para tomar distancia del cuadro que pintaba, le permitieran contemplar la imagen precisa que en su interior había estado buscando.

A la vuelta de una esquina o en alguna de las plazas de San Miguel o tal vez en la intimidad de su pequeña galería aparece súbitamente el rostro que él sabe que tendrá que pintar; a partir de entonces contempla a su interlocutor con otros ojos, esos que todo lo graban, interpretan y asimilan. Con el lápiz o el carboncillo en mano se da un intenso periodo de dibujo con la finalidad de encontrar los rasgos precisos del modelo: el retrato fiel —en los términos clásicos—. Una vez logrado esto (equiparable muchas veces al punto final de los retratistas tradicionales), comienza para Rodrigo el ejercicio profundo, agotador, emocionante y personal de la connivencia con la espátula y los colores, que en hermosa e inquietante paradoja van alejando la pintura del modelo exterior y descubriendo los profundos espacios del carácter, la personalidad, lo intrínseco del ser o de los seres, pues se trata del modelo, pero también del artista, en eso que llaman “su estilo”.

Entonces el óleo responde al autoritarismo y a la sutileza de la espátula que, empuñada en la joven, pero ya magistral mano, le indica el punto justo de aplicación que conformará al otro sujeto que vemos y no vemos en el modelo original. Parecieran manchones que afectan la precisión inicial, pero de a poco se desvelan trazos y tonos que increíblemente nos muestran la profundidad de una existencia.

La paleta de vidrio en que realiza las mezclas de las que surgirán los tonos que en cada caso necesita, se prolonga en el muro que contiene su producción de amplia gama cromática, pero entre los que —no cabe duda— sobresalen el verde y el azul, sus colores preferidos.

Rodrigo Ayala es el nombre del joven pintor que a poco de dejar la escuela e irrumpir en el ejercicio profesional de la plástica ya deja huella en el ánimo de quienes contemplan sus cuadros.

Probablemente no conoce la genialidad de Walt Whitman, y seguramente le es ajena la paráfrasis que aquí me atrevo a elaborar, pero es un hecho que camina acorde con la convicción ahí expresada: “aquel que pinta un solo cuadro sin amor, camina aletargado hacia su propia mediocridad”.

 

Inauguración de Arte

“Miradas”

Obra de Rodrigo Ayala

Sáb, Ago 11, 4-7pm

Casa de la Noche

Bordello Galería

Órganos 19, Centro

 

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