Cambios en la presa generan una nueva forma de transporte

Por Jesús Aguado

La inundación del espacio que ahora ocupa presa Ignacio Allende, generó desplazamiento de la población y “aislamiento”, pero aparte de las actividades de agricultura y fabricación de ladrillo; generó otras actividades como la pesca, y hasta una nueva forma de transporte.

En nuestra edición previa, dábamos cuenta de que en el área que actualmente ocupa el vado de la Cieneguita, había solo una base de cemento de cada lado del río, allí, por cinco pesos una lancha—con remos, y un lanchero—estaba a disposición de aquellos que quisieran cruzar el río Laja; en la lancha podían cruzar su bicicleta, por una cuota extra.

Luego, en las comunidades alrededor del vaso de la presa comenzaron a surgir los pescadores, y formaron una asociación que agrupa hasta ahora a 40 miembros (aunque sólo 30 se dedican a ello); sus permisos son renovados cada tres años ante la Secretaría de Agricultura Ganadería Desarrollo Rural Pesca y Alimentación, SAGARPA.

También surgieron otros negocios, como aquellos de vender elotes, y hasta pescados en lugares cercanos a la presa, en esos lugares como la cortina en donde quienes están interesados por el agua—o por la panorámica—se detienen para tomar una fotografía.

Los más recientes vendedores de pescado y elotes están localizados en la orilla de la presa—por el lado de Don Juan, allí ahora venden elotes, guisados y “pescado fresco del día”.

Don Juan, es una comunidad que tiene alrededor de 50 viviendas y unas 250 personas. Cuenta con servicios básicos; aunque tiene un problema, sólo tiene una salida, hacia la carretera nueva a Guanajuato. Durante el año está cercado por el Río Laja y durante la época de lluvia, por el agua de la presa.

Para ir de la comunidad a la ciudad, hay tres opciones: la primera es salir a la nueva carretera a Guanajuato y luego usar el vado de la Cieneguita—ahora colapsado y en reparación; otra opción es cruzar comunidades aledañas y cruzar por el puente en Montecillo de Nieto.

La tercera, consiste en rentar a una de las lanchas que atracan a la orilla de la presa y pedir al conductor que le lleve del otro lado—Por Otomí y viceversa. El ride en una lancha con motor o con remos, puede costar 15 pesos, no hay salvavidas, la responsabilidad es del que conduce. “Nosotros debemos ver a quien subimos, porque si ocurre un accidente es nuestra responsabilidad” dijo para Atención don Gregorio quien desde el lado de Otomí embarcó para cruzar a su hijo hacia la comunidad.

“Aquí hay un señor que hace las lanchas. Esta tiene como quince años. Mi hermano es aquel, mire—apunta—en la lancha de motor. Pero no es de él, es de un arquitecto, pero en ocasiones la usa para cruzar personas”.

En un ride que nos dio don Gregorio hacia el otro lado de la comunidad, pudimos ver troncos atados a la orilla de la presa; de acuerdo con don Goyo, otros lancheros y él arrastran las piezas desde el centro de la presa, o donde se encuentren, hacia la orilla, los atan y más tarde los usan.

“Cuando hace aire, las olas pueden subir como así de alto mire—señala a la altura de su cintura—la lancha se mueve, yo me he hundido, pero sé nadar y he salido”. Es pintor de oficio, pero cuando no tiene trabajo, se le puede encontrar a la orilla de la presa y puede llevar a pasear a quien lo desee, o cruzarlo hacia Don Juan.

 

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