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La comunidad que vive del aliento

Por Jesús Aguado

Sobre los bancos del río San Damián se escuchan una tambora, unos platillos que suenan sin descanso y un trombón que pareciera le reventará las mejillas al hombre que lo sopla.

Es la Comunidad de Don Francisco, donde la música con instrumentos de aliento, puede escucharse a toda hora, pues en cualquier momento los miembros de las bandas del lugar se ponen a ensayar.

En esta comunidad la música de banda se usa para casi todo: el funeral, la boda, la fiesta del santo patrono o la llegada de la autoridad municipal para inaugurar un camino, una plaza pública, o el pozo de agua potable. Don Francisco tiene alrededor de 1,500 habitantes y es una comunidad “enferma”, pero de música, pues en este lugar la economía depende de la música de viento, pues un 90 por ciento de los hombres que allí viven son “chupacobres,” como se les conoce a quienes tocan en estos grupos musicales.

Don Javier González, el patriarca que toca el clarinete

Sobre la carretera a Guanajuato, hay un camino sin pavimentar que después de varios kilómetros y curvas, conduce a la comunidad de Don Francisco. Curiosamente, el nombre de esta comunidad—atravesada por el río San Damián—no se le debe a una persona, sino al santo, nos contó Don Javier González, el patriarca de la banda El Rosal.

Don Javier me esperaba con unos amigos, bajo un árbol en el cauce del río, que no tiene agua, pues no ha llovido. De allí fuimos a su casa, en donde en poco tiempo llegaron su esposa, hijos, nueras, nietos y hasta bisnietos.

Don Javier, de 59 años, no sabe cómo, ni cuándo fue fundada la comunidad, lo que sí recuerda es a su padre Rufino González Muñoz, a sus tíos Víctor y Epifanio. También menciona los nombres de aquellos viejos habitantes como: Lorenzo, Ponciano, Tranquilino, Rodrigo, Octaviano, Crecenciano, Nicolás, Teobrán, Tereso. “A todos ellos los conocí, y ya eran músicos. Pero no sé cómo aprendieron a tocar,” rememora Don Javier.

“Mi papá tocaba la armonía, y luego se agarró un oboe, con ése las marchas se oyen muy bonito,” platica Don Javier bajo aquel árbol sauce en su casa. Él tenía 12 años, y ya se dedicaba a trabajar con la yunta: “No iba a la escuela, no porque no quisiera, es que no había,” menciona. A esa edad, se dio cuenta que necesitaba, que quería aprender a tocar un instrumento.

Recuerda que su papá siempre le dijo sí—sonríe y nos cuenta—“pero como en el Son de la negra, que a todos dice que sí pero no les dice cuándo”. Así, un clarinete llegó cuando él menos lo esperaba, cuando tenía 16 años. “Yo no sé cómo aprendieron los antepasados, pero yo aprendí viendo, escuchando el ruido y mirando cómo le hacían”. Don Javier se casó a los 17 y participó en varias bandas de la comunidad, pero él soñaba con tener su propia banda un día. Tuvo 14 hijos—seis de ellos hombres.

Banda La Sombra del Rosal: música de antes y música nueva

Cuando sus hijos tuvieron edad suficiente, comenzó a comprarles metales para que aprendieran a tocar. “Desde chiquitos me los llevaba a tocar. Yo quería tener mi propia banda, con mi familia. Les compraba instrumentos, y se enseñaron”. Hace 25 años que formó la Banda El Rosal, que más tarde dio origen a Banda Sombra del Rosal, “mis hijos tienen buen trabajo con la banda”, finalizó el señor González.

A la conversación se unieron sus hijos; José Luis, que sigue en El Rosal, y también llegaron Cirilo y Pedro. En el 2003, con la evolución de la música, querían ya no sólo dedicarse a tocar instrumentos, sino tener un vocalista. “Éramos una sola banda, pero ellos traían música de antes y nosotros traíamos nueva, ya hasta con vocalista. Por eso dijo mi papá: ‘mejor ustedes hacen su banda y le echan ganas’. Así comenzamos en el 2003, José Luis, Cirilo, Pedro y yo”.

Banda La Sombra del Rosal, ya grabó su primer disco—en la propiedad de la familia se puede ver el autobús en que han viajado por toda la república: Puerto Vallarta, Mazatlán, Tamaulipas, Jalisco, Nayarit. Ahora, no han querido iniciar la publicidad de su disco No me digas que no que grabaron en Toluca, pero que la producción no quedó perfecta. Ahora están arreglando sencillo por sencillo en Querétaro: “cada uno cuesta cinco mil pesos,” comentó Cirilo.

En varias ocasiones, las bandas, de acuerdo con los integrantes El Rosal y La Sombra del Rosal; han querido entrar a trabajar “a San Miguel,”, sin embargo, dicen, el gobierno y quienes en éste laboran han hecho imposible su participación, no nadamás por la burocracia en los pagos sino porque, quienes han fungido como intermediarios “han cobrado más y ellos se quedan con un porcentaje. No es redituable, no nos conviene,” comentaron.

Por otro lado, han sido contratados por particulares para trabajar en el Jardín Principal, pero los músicos que pertenecen al sindicato de músicos, inmediatamente los han bloqueado.

La banda de viento: rica tradición ancestral

El reguetón y otros nuevos ritmos musicales, últimamente suenan con fuerza en la radio y rápidamente se posicionan en la mente de quienes escuchan. Sin embargo no han logrado quitarle la corona a la música regional mexicana, la de mariachi, la norteña, y por supuesto la de banda.

El Instituto Nacional de Antropología e Historia indica a través de su libro Bandas de viento en México que las bandas de viento son una “rica tradición ancestral,” parte del devenir del país. Asegura que desde finales del siglo XIX las bandas ayudaban en el campo de batalla a asustar al enemigo o animar en los desfiles. En el interior de la vida rural y urbana, se entretejieron con particular distinción con la vida ritual y festiva, participando en las procesiones religiosas, corridas de toros, recibimiento de autoriudades y personajes importantes, finerales o animando bodas, bautizos y los populares paseos dominicales alrededor de quioscos en las plazas públicas.

Bandas de viento en México es un libro editado por el INAH en 2015. En éste participa Felipe Flores Dorantes, profesor investigador de la Fonoteca del INAH. Su participación es con el artíciculo Las bandas de viento: una rica y ancestral tradición de Oaxaca.

De acuerdo con el texto, el género de banda nació en el pleno religioso, y más tarde salió de las iglesias a la vida común para evolucionar y ofrecer un servicio más completo a la comunidad.

El diario La Jornada en su artículo La música de las bandas de viento pervive como expresión de identidad cultural señala que las primeras manifestaciones de lo que hoy se conoce como música de banda se registró en el siglo XIX cuando “las comunidades comenzaron por imitar las bandas militares del emperador Maximiliano de Austria, que interpretaban música clásica”.

El etnólogo Alfonso Muñoz, en una entrevista concedida a ese rotativo señaló que Benito Juárez y Porfirio Díaz, impulsaron por su cuenta, cada uno, la creación de bandas, principalmente en Oaxaca, tierra que vio nacer a ambos presidentes de México.

El auge de las bandas de viento indígenas, dice el artículo, “se consolidó a principios del siglo XX, cuando en el México independiente y revolucionario los hombres comenzaron a asociarse con libertad.”

 

La banda de viento es un ensamble musical que se ejecuta con istrumentos de viento como clarinetes, saxofones tenor y barítono, trompetas, trombones, tubas, timbales, tambores, bombos, platillos, tarolas, y güiros. La mayoría entona melodías, pero las más modernas tienen cantantes que interpretan canciones. Bandas famosas existen en Oaxaca, Morelos, Chiapas, Guerrero, Michoacán, Sinaloa, Jalisco, Sonora, Zacatecas. Una de las bandas mas antiguas es la Tlayacapan de Morelos, y una de las más famosas es Banda El Recodo, de Sinaloa.

 

 

Son piezas muy populares: El son de los aguacates, El sinaloense, El toro viejo, El muchacho alegre, El sauce y la palma, La marcha de Zacatecas, Árboles de la Barranca, Pena tras pena, El pávido návido, Mi gusto es, El torito y Arriba pichátaro, etc.

 

 

Para contratar a Banda El Rosal y Banda La Sombra del Rosal contacte a Cirilo González al 415-1533-994.

 

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