En la ciudad de la muerte

Por Jesús Aguado

La muerte se apropió de los espacios públicos de la ciudad durante Día de Muertos.

Desde temprana hora del 1 de noviembre, pinta caras se colocaron en plazas públicas y allí, maquillaban a todos los que elegantemente querían lucir como calavera. Algunos, ya con cara pintada; también se disfrazaron de Catrinas y así, asistieron a los desfiles; uno formado por mexicanos y otro, principalmente con extranjeros disfrutando de las tradiciones.

En el Jardín Principal, se colocó una ofrenda dedicada a los capitanes de danza que han muerto últimamente y además, una parte fue decorada como cementerio, para recordar que ese espacio en algún momento fue usado como panteón. Las tumbas fueron para recordar las ánimas (almas) de integrantes de danzas prehispánicas.

Se colocó también una cueva con veladoras en las que se representó el texto Macario de Juan Rulfo, durante su conversación con la muerte.

En los cementerios el aire se llenó del olor a cempasúchil, del sonido de la música en vivo; de la alegría de los niños decorando las tumbas para aquellos que se fueron.

Después del 2 de noviembre, los maquillajes se esfumaron, los trajes se colgaron y todo volvió a la normalidad.

 

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