Tirando redes en la Presa Allende

Capilla vieja

Marisa

Julio Valdez

Embarcadero

Maximino Valdez, Julio Valdez y Benito

Juio Valdez

Por Jesús Aguado

El pez más grande que los lancheros de la Presa Allende han encontrado en esas aguas turbias, pesó 15 kilos. Los más pequeños son charales.

A finales de 1960, varias comunidades se encontraban en lo que ahora ocupan miles de metros cúbicos de agua—de drenaje y lluvia—cuando comenzó a inundarse el vaso, entonces sabían que debían salir “y agarrar” lo que podían. Luego de reubicarse en tierras altas se formaron nuevas comunidades como: Don Diego, Pantoja, Flores, Begoña, San Marcos y Presa Allende, entre otras. Abajo la actividad era la siembra, arriba ¿qué sería? Pronto se recurrió a la fabricación de ladrillo, y a la pesca.

La Presa Ignacio Allende

Fue oficialmente inaugurada en enero de 1969, durante el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz –presidente de la República. Entonces proveía irrigación para 10, 125 hectáreas en la parte baja del estado. La construcción tuvo un costo de 27 millones 100 mil pesos. Varias comunidades quedaron bajo el agua; por eso una vieja capilla se puede ver en el área cercana a Flores de Begoña; el pretil y compuerta de una presa en la parte baja de los Frailes; y otras ruinas que se pueden observar, llegando desde comunidades cercanas. Las vías del ferrocarril también tuvieron que moverse a la parte alta a finales de 1980. Un espacio para campamento llamado KOA, luego desapareció, aunque no por las inundaciones.

Casi diez años después a la inauguración, existieron planes para aumentar la cortina de la presa 7.5 metro, para ello se necesitarían 30 millones de pesos, sin embargo, nunca se concretó.

Entre ladrillos, tumbos y peces

Pantoja es una de las comunidades que trajo el agua. Tiene una población de unos mil habitantes y “todos” se dedican a la producción de ladrillo rojo. Sin embargo, eso no es nada nuevo, pues ya existe—de acuerdo al productor, don Roberto Vidal—desde 1968, cuando fueron reubicados por la construcción de la presa Allende, su padre y abuelos comenzaron a dedicarse a esa industria.

Así, desde la entrada a Pantoja se pueden ver las chimeneas de hornos que en su interior cuecen los ladrillos que, hacen las construcciones de ésta ciudad. El productor dijo para Atención que en la comunidad existen 30 hornos y ésos “mueven la economía del lugar” pues, en cada uno laboran entre 20 y 25 personas y en promedio semanal ganan 1,500 pesos. Vidal indicó que semanalmente pueden vender hasta 35 mil piezas (1,800 pesos por “millar”).

Pero la comunidad tiene un contraste, porque dividido por una calle está Flores de Begoña; en ella está la Cooperativa Pantoja, la unión de lancheros que agrupa 50 personas, cada una con su embarcación para pescar y con la que cuidan su economía.

Al llegar al embarcadero, por la comunidad de Flores, allí también se ven los contrastes; hay lanchas viejas de madera y botes nuevos fabricados con fibra de vidrio. Cada una tiene su nombre: La Borracha, El Titanic, La Guevona, La Pelona, La Lancha, La Paloma.

Había tres pescadores durante la visita. El más joven de ellos era Julió Valdéz—casi todas las familias son Valdéz, en Pantoja y Flores. Julio nos dio un ride en su balsa, al momento que remaba, platicó que comenzó a ayudar a sus padres a pescar “hace 25 años”.

Julio no ha requerido ayudante desde que se dedica a la pesca, pues la embarcación de madera era pesada y con el ayudante podía ser aún más. A las 5am, sin conocer siquiera el clima “si lloverá o hará frío, o aire” se levanta, y emprende su trayecto hacia el otro extremo de la presa. Allá ha dejado sus tumbos (redes en las que se quedan atrapados los peces) colocados el día de ayer. Las redes miden entre 100 metros de largo y unos tres de alto.

Después de una hora remando, comienza a extraer la red, en la que si le va bien, puede llegar a juntar hasta 60 kilos de mojarra; 30 en una temporada media y siete en una época muy mala. Cada kilo, es vendido en 40 pesos. “Ahorita está haciendo mucho aire, y las carpas no se acercan a la orilla. Hoy sólo pesqué diez kilos” indicó.

La Borracha es su barca, se llama así porque un día él y un grupo de amigos subieron una hielera y emprendieron un viaje recreativo en la misma presa. La Borracha es más ligera que la que tenía de madera, espera que sea más duradera y que, como es fibra de vidrio no vaya a ser impactada por los troncos que arrastra la corriente del Laja y se rompa.

Mientras regresamos a la orilla, observamos botellas plásticas flotando, preguntamos si son los tumbos. “No, son las redes, allí guardamos nuestra pesca como a tres metros de profundidad. Allí la mantenemos viva hasta que vienen a comprárnosla. Las botellas son para saber en dónde están” contestó Valdez.

Entre el grupo, también está Maximino Valdez. Él tenía 10 años cuando el vaso de la presa fue inundado. “Recuerdo que no nos dio tiempo de nada, agarramos lo que pudimos y vinimos tierra arriba”. Recuerda que comenzó a pescar con tarraya y más tarde se compró una barca de madera. Ahora es temporada baja, y el pez no va a la superficie, entonces pescó el día de nuestra visita, siete kilos.

La Secretaría de Desarrollo Agropecuario y Rural, junto al municipio, entregaron a los pescadores de Pantoja 14 nuevas barcas de fibra de vidrio. El valor, indicó Emilio “ha de ser de unos 24 mil pesos. Nosotros pusimos seis”. En Mercado Libre, el precio de las lanchas va de 24 a 35 mil pesos.

Del otro lado

De lunes a viernes, a las 5am, el señor Jorge Vargas y su ayudante salen de la comunidad de Flores de Begoña para embarcar rumbo a Don Juan—cruzando alrededor de dos kilómetros de la presa—cerca de esa comunidad, comienzan a recoger las que echaron el día anterior. Ellos se dedican únicamente a pescar charal (Chirostoma, un pez de seis a doce centímetros) que más tarde secan y venden a un cliente de Yuriria, Guanajuato.

Eran alrededor de las 2pm, cuando este pescador terminó de recoger sus tumbos; su ayudante condujo el bote de madera a la orilla; entonces comenzó el trabajo de rutina. Extendieron una lona de unos 50 metros cuadrados y un pescador se colocó en cada extremo, frente a frente, jalaron la red—dividida en espacios de unos 10 metros—y tomada de los extremos la zarandearon; de ésta caían los peces a la lona. Ese trabajo se repitió por alrededor de una hora, en ocasiones había mojarras atrapadas pero fueron devueltas a la presa. Al terminar de extraer el charal, el señor Vargas dijo que esta es una temporada baja  para pescar, ya que únicamente obtuvieron alrededor de 25 kilos, sin embargo aclaró que en el tiempo de lluvia llegan a pescar hasta 400 kilos. “Hay otros pescadores que usan una red de arrastre, y con esa pueden sacar hasta una tonelada de pescados de todo tipo diariamente” dijo “pero todo depende de la temporada”. Vargas comenzó a pescar desde los 14 años, y ahora, después de 20 años de experiencia, comenta que los peces más grandes que se han encontrado en la presa son de 15 kilos, que pueden medir hasta un metro y medio. Aclaró que desconoce en dónde se comercializa el pescado que ellos venden “unos dicen que lo llevan a la Walmart, pero no estoy seguro” dijo. Lo que sí es cierto, es que es un pez limpio, según él, ya que toda su familia y miembros de la comunidad y otras cercanas consumen ese producto y nunca nadie se ha enfermado.

 

60 mil peces fueron sembrados por la SDAYR el 10 de octubre; 50 mil tilapias y 10 mil bagres. Estarían listos para pescar en unos cuatro meses. El próximo año, también cambiará 20 embarcaciones más.

Previamente, para este medio, el doctor Martín Milán López, jefe de la Jurisdicción Sanitaria II en San Miguel de Allende, aclaró que desconocen en dónde se comercializa el producto. También precisó que no se han recibido alertas de padecimientos causados por consumir el producto de la presa Allende, pero si se diera, aclaró, se conduciría un estudio. Entre tanto, se desconoce la calidad.

 

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