Un Viaje para Caminar por el Pasado

Por Jesús Aguado

Respirar, ver y sentir la historia de la época dorada de las grandes haciendas—que por unos 300 años fueron la base de la economía de Nueva España—es posible; y no se requiere una ventana mágica, ni una brújula, solamente expertos que guíen directo al lugar donde la historia espera ser consultada, admirada, recordada.

El Tour a Chichimequillas

Hace ocho años, la Biblioteca Pública de San Miguel ya contaba con un tour de haciendas, sin embargo, después de varios años Magdalena Copado decidió retomarlo. Desde entonces, más de 80 edificios han sido visitados por aquellos que se sienten atraídos por enormes ventanas, arcadas y habitaciones que en su interior guardan no únicamente pinturas de la época de apogeo de esos lugares que generaban: azúcar, mezcal, granos; sino que también conservan historias de gavilleros y hasta fantasmas.

Copado, ha hecho equipo con un aventurero, Santiago González, un sanmiguelense y amante de la historia que además de sus buenas relaciones públicas, ha desarrollado—gracias a varios cursos e investigaciones sobre haciendas e historia—un sentido perfecto para identificar los cascos de haciendas y, además, para lograr que sus propietarios las abran a quienes quieran viajar al pasado.

Los tours son organizados cada último martes del mes (en octubre será el 31), sin embargo, aquellos interesados reciben una plática previa para que conozcan más sobre estas edificaciones. Este mes la información previa se proveerá el 24 a las 4pm en sala Quetzal de La Biblioteca. Por primera vez, el tour visitará haciendas fuera del estado, la exhacienda de Chichimequillas.

El lugar habría comenzado su construcción alrededor de 1690 y es que el área era rica en manantiales y espacios árbolados. La gran construcción incluye un mesón del siglo XVIII y La Casa del Molino, que guardaba el único molino (de unos quince metros de altura) en Latinoamérica. Decenas de haciendas, han sido abandonadas alrededor del país o convertidas en restaurantes u hoteles. En el caso de Chichimequillas, Casa del Molino es un hotel, pero la casa principal sigue con la actividad inicial “la producción agrícola”, en sus tierras se puede ver sembrada alfalfa y zanahoria. La capilla—que habrían operado los Carmelitas—aún sigue en uso.

Los boletos para el tour pueden adquirirse en la Tienda de la Biblioteca, en Insurgentes 25. 1,500 pesos. Incluye transporte, desayuno y comida típica mexicana cocinada por gente oriunda de los lugares a visitar.

Lo que debes saber

La historia indica que, desde antes de la conquista del actual territorio mexicano, ya existían entre los nativos caminos bien trazados para el comercio; espacios que fueron aprovechados (para el mismo fin) por los conquistadores después de la caída de la Gran Tenochtitlan—1519). Posterior a la gran conquista, indica el experto en haciendas, Santiago González, los españoles comenzaron expediciones en el territorio con el objetivo no únicamente de expandir sus dominios, sino de conseguir más riquezas para el reino español. Esas expediciones llevaron al descubrimiento de las minas de oro, plata y otros metales que forzaron la instalación paulatina de lo que posteriormente fue conocido como haciendas. Grandes extensiones de tierra fueron concedidas por la corona española a los expedicionarios que podían disponer de la tierra, el ganado y cualquier otro bien que en ésta se encontrara; así las edificaciones se levantaron sobre el Camino Real a Tierra Adentro.

Así, explica Santiago, hay una hacienda por lo menos cada 45 kilómetros, y es que éstas además tenían otra función y era cuidar que la mercancía llegara sin ataques (por los grupos indómitos) a su destino y además en los mesones proveían de un lugar para descansar a los comerciantes y cambio de recuas.

¿Por qué cayeron las haciendas?

Ganado, azúcar, carne, granos, vino y minerales como oro y plata eran sólo algunos de los bienes que se producían en las haciendas de México. Estas edificaciones, sus bienes y sus servicios formaban el sistema económico de la Nueva España en el siglo XVI.

González indica que las haciendas estaban formadas por un casco o casa grande en el que vivía el hacendado con su familia. Dentro de la misma construcción existían casas más modestas, destinadas al personal de confianza que laboraba para la “empresa”; entre esas personas estaba el administrador, el mayordomo y algunos capataces.

La construcción de los grandes complejos también incluía una capilla en la que se brindaban servicios religiosos a los habitantes de la propiedad. Las trojes (espacios cerrados para almacenar los granos) y las eras (espacios abiertos para moler granos) también incluían establos para los animales y un sistema hidráulico bien estructurado. Contaban además con amplios patios y jardines sin mencionar los cientos o miles de hectáreas.

Existían dos tipos de haciendas en la Nueva España; las de beneficio que se dedicaban a la explotación de minas y las agro-ganaderas en las cuales se producían todos los artículos de primera necesidad.

Con el tiempo las haciendas de beneficio decayeron debido a la falta de producción y la demanda creciente de vivienda que dio origen a determinadas ciudades, como en el caso de la ciudad de Guanajuato que se formó cuando los latifundios mineros fueron repartidos.

Las haciendas guanajuatenses alcanzaron su época de gloria en el siglo XVIII y eran tan importantes que el estado se conocía como “El granero de la Nueva España”. En esa época el actual estado ocupó incluso el segundo lugar en población únicamente superado por el Valle de México. La época de oro de las haciendas duró hasta inicios del siglo XX ya que eran vistas por los nativos como lugares de explotación indígena.

Información de la Secretaría de Relaciones Exteriores indica que, en 1910, bajo el liderazgo de Francisco I. Madero, Francisco Villa, Venustiano Carranza y Emiliano Zapata, cuyo lema era “Tierra y Libertad”, se inició la Revolución Mexicana, misma que era contra el latifundio y la prolongada dictadura de Porfirio Díaz—que aunque impulsó el crecimiento económico del país, incrementó las desigualdades sociales durante más de 30 años. Al final de la Revolución se proclamó la Constitución de 1917 (vigente aún) y se implementó una reforma agraria mediante la cual las grandes haciendas fueron repartidas entre los desposeídos mexicanos, provocando la caída de los latifundios.

 

 

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