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Así Inició Atención San Miguel

Por Connie Moore, primera editora de Atención

En una fiesta celebrada a inicios de 1975, Jim Mullen se acercó a mí y comenzó a hablar sobre la necesidad de un periódico local.

“La gente siempre se pierde los conciertos y obras de teatro”, me dijo, “porque no hay un periódico que les diga que está pasando. ¿Es verdad que tienes experiencia editando? ¿Es cierto que tú y Bill se mudarán a San Miguel en abril? Considero que la Biblioteca podría tener un periódico semanal, si tan solo pudiéramos encontrar un editor”.

Me había tomado dos margaritas y fue fácil contestar “yo lo haré”.

Faltaba mucho para abril y la verdad es que nunca creí que sucedería, cuál fue mi sorpresa que en la siguiente carta de La Biblioteca se anunciaba que San Miguel pronto tendría un periódico y que yo sería la editora.

Jim Mullen no se andaba por las ramas; casi ni tuve tiempo para decirle “adiós” al camión de la mudanza cuando la diversión comenzó. Las primeras ediciones llevaban el nombre de Esta Semana en San Miguel, hasta que nos dimos cuenta que el nombre pertenecía a una gaceta de la Ciudad de México y nosotros estábamos haciendo una versión similar, pero en inglés y español.

En la Biblioteca, Lupe fue mi primer apoyo, pero en cuestión de días, la ayuda llegó de todos los rincones. Stirling Dickinson envió material divertido casi cada semana; Kay Ream y Jean Dilley comenzaron a apoyar con la columna “Sabías que”, que aún sigue muy bien posicionada; Bea Cole hizo un poquito de todo; Fleta McFarland compartió su expertise en jardinería y Carmine (de Posada Carmina) nos daba una elegante receta cada semana, y las noticias llegaron de todas partes.

Nuestros problemas tenían que vas más con la producción que con las contribuciones. En ese tiempo, había solo una imprenta en la ciudad que podía manejar nuestro periódico y el impresor parecía que sufría de numerosos síntomas de enfermedades no conocidas. Su maquinaria estaba desvencijada y vieja: tun antiguo linotipo y una imprenta Heildelberg de 1895. Cada semana, cuando le llevábamos la edición, yo rezaba para que Miguel no falleciera de hipocondría terminal y para que la Heildelberg no sucumbiera a uno de sus numerosos atascamientos de letras antes de que saliera nuestro siguiente número.

Bea Cole y yo éramos extrañas invitadas a cenar en esos días. Los borradores tenían que revisarse como iban saliendo, y si no estábamos en casa, siempre podríamos ser encontradas en el pueblo o llamadas “desde la fiesta” para empuñar nuestras plumas azules. Many es la anfitriona que sufría pacientemente sin poder reprimirnos mientras su comida gourmet lentamente se enfriaba.

En las primeras semanas no cometimos errores, porque San Miguel estaba contento de tener un periódico, cualquiera que este fuera sin importar lo precario de su diseño. Pero, cuando la luna de miel terminó, me convencí de que teníamos problemas; empezamos a recibir cartas de gente enojada. Un concierto no había sido cubierto. ¿Por qué no? Porque no teníamos el staff o reporteros pagados para enviarlos a cubrirlo, por eso no lo publicamos. A un grupo de ballet no se le había dado la cobertura previa del evento. ¿Por qué no? Porque nadie nos avisó que el evento sucedería y porque no somos clarividentes, por eso no se publicó.

Me imagino que cosas como ésas aún suceden con algunos lectores quienes piensan que tenemos un súper staff o reporteros ociosos que nos están pasando noticias jugosas todo el día desde la tabla de un juego de tiddlywinks. De hecho sólo contamos con tres personas a la mano: dos trabajan como esclavas editando las contribuciones que llegan, mientras que la tercera; con tijeras, se ocupa en el diseño de nuestra siguiente edición.

Las cosas se facilitaron cuando Eve Greene y Evelyn Giles (posteriormente editoras) aparecieron en la escena para trabajar día y noche para aminorar las quejas de nuestros críticos. Mimi Loomer también fue una de los “corderos sacrificados” pasando en la redacción más tiempo del que pasaba en casa.

El 22 de agosto, 1975, nos convertimos oficialmente en Atención San Miguel—un nombre que había sido aprobado por la mesa directiva de la Biblioteca, incluyendo al presidente en aquel tiempo, Phil Maher; a quien nos referíamos afectuosamente como Big Daddy.

Big Daddy era maravillosamente leal y nos protegía de los ataques, sin embargo no era perfecto en materia de mejora de las condiciones de las instalaciones de Atención. Siempre estábamos detrás de él solicitándole un espacio más grande, una mejor máquina de escribir y suficientes sillas para todos, y algunos que otros lujitos. El crédito eterno va para Glenda; quien ajustó las tuercas y creó una oficina decente para Atención.

Con el paso de los años, creo que el periódico se ha vuelto una adición más y más vital para San Miguel. Todos los que trabajan aquí están exhaustos, pero nunca hay un momento de aburrimiento. Cariñosamente recuerdo al padre Donovan, quien una vez se acercó a nosotros en busca de ayuda para poner en un anuncio clasificado.

“Honestamente no puedo encontrar las palabras” dijo—lo que nos sorprendió de sobremanera porque él era el mejor padre, con una semántica y articulación perfecta. Pero estaba enfrentando una situación complicada. Había encontrado, a la salida de su casa, una pequeña urna llena de cenizas; evidentemente producto de una cremación. Estábamos seguros que en la ciudad alguien estaba loco buscando las cenizas de su ser querido y él tenía que anunciarlo para reunir a las cenizas con su dueño. Pero ¿cómo hacerlo?

Estábamos todos allí sentados—destruyendo nuestros cerebros para no publicar un clasificado macabro—cuando una amiga llegó y nos salvó. Ella había escuchado que en “la viña de San Miguel” un carro de Estados Unidos, estacionado en la calle de Hospicio había sido abierto durante la noche y la cajuela fue rayada. El dueño no estaba tan preocupado por el robo de sus maletas como lo estaba por la pérdida de su esposa a quien le había prometido: “mientras estaba viva, viajarás conmigo a Toronto y a San Miguel”.

Habiendo traído sus cenizas a la ciudad, él quería completar el camino a Toronto. Él estaba seguro de que el “ratero”, cuando se diera cuenta de que su pérdida era más que su ganancia con la urna, recibiría un golpe de conciencia y decidiría poner las cenizas en el lugar más sagrado. Resultó ser el tapete de la casa del padre Donovan. Y así Atención, sin más preámbulos, resolvió el problema.

Desde entonces, Atención ha abordado y dado lo mejor para resolver los problemas de la comunidad: desde los más mundanos, hasta los más exóticos.

 

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