Desafiando la frontera sin documentos

Ignacio Martínez, su esposa y Toño

Salvadoreña y su bebé nacido en México

Rudi Saldaberto Pérez

Jonathan Bladimir Hércules y Monterrosa

Mario Francisco Roy Olea

Salvadorian woman swinging her baby in the hamock

Por Jesús Aguado

Cuando el sueño se convierte en pesadilla, los migrantes quedan varados en contra de su voluntad, y no porque así lo deseen, sino porque las “aventuras” que emprenden marcan la pauta de su viaje.

En el momento que la idea de una vida distinta llega a su mente, es para quedarse, y entonces no queda más que empacar sus sueños y alguno que otro objeto personal, despedirse de la familia y emprender el camino hacia el norte, en “la bestia,” en busca de empleo y billetes verdes.

Los mexicanos indocumentados tienen una “ventaja,” pues la frontera con Estados Unidos queda “cerca”, comparada con la distancia que hondureños, guatemaltecos y salvadoreños que “se montan” en la bestia, tienen que recorrer para llegar al país del norte; en su ruta, México es un paso obligado. Es aquí en donde, en sus palabras, les ocurren los crímenes y tragedias más atroces: ya sea que los asalten, los secuestren y les arrebaten sus documentos y pertenencias; o cuando el tren se descarrila, cobre la facturas: una pierna o una mano, por decir lo menos.

ABBA

Las entradas desde el sur a México, están por Tabasco y Chiapas. Allí, el tren guiará a todos aquellos que quieran llegar a Baja California, Chihuahua, Coahuila o Tamaulipas, para entonces, cruzar el Río Grande y entrar a Estados Unidos. Hasta ahora, nuestras historias están a “la mitad” del viaje.

Y en el centro del viaje, está ABBA, una de las casas de ayuda humanitaria para migrantes centroamericanos en su viaje a los Estados Unidos de América. Esta casa se encuentra en Celaya—paso obligado de migrantes—fundada por el pastor Ignacio Martínez. La casa está en la colonia Emiliano Zapata: cuenta con espacio para albergar hasta 70 personas durante 72 horas y proveerles de alimentos, ayuda psicológica, orientación legal e incluso ropa y abrigo. La casa, está vigilada por unas 20 cámaras y cuenta con protección federal.

Durante un recorrido por el lugar, Martínez compartió con Atención que la Biblia ve la migración como un fenómeno natural y que incluso, una quinta parte de la tierra debería ser destinada para este fenómeno. Martínez tiene dos hermanos, los dos fueron ilegales en Estados Unidos, uno de ellos secuestrado en el camino.

Su iglesia está ubicada en una de las rancherías de Celaya, y recuerda cómo lo marcó el fenómeno migratorio, no únicamente por su hermano, sino por el esposo de una mujer que desapareció en el camino a Estados Unidos. Más tarde, le comunicaron que el hombre había muerto, y ella pidió al pastor la acompañara a identificar el cuerpo que mostraba huellas de tortura.

Así se involucró en el primer albergue para migrantes en Celaya, sin embargo fue testigo de varias irregularidades, por lo que decidió emprender su propio proyecto en el que las personas pudieran estar protegidas y recibir el apoyo necesario. A la casa, llegan hasta 400 migrantes por mes.

La esperanza es lo último que queda

En el comedor de la casa, estaba un salvadoreño, Jonathan Bladimir Hércules Monterrosa. Salió de Honduras—allí dejó a su esposa y dos hijas—hace dos meses. Tiene 23 años. Al llegar a México, lo asaltaron y hasta sus documentos se llevaron. Cuenta que en Las Choapas, el tren se descarriló y entonces ya no pudo caminar, tuvo una fractura.

En un autobús llegó hasta Celaya, allí un pollero lo “enganchó,” pero sólo le robó el dinero que un amigo le había enviado del norte; luego, llegó a la casa donde ha permanecido por 22 días. La última vez que habló con su esposa fue hace dos semanas—sólo por tres minutos. “No tengo dinero, ni trabajo; no puedo caminar, y no sé qué hacer, si entregarme o irme, o recuperarme y seguir mi camino. Estoy entre la espada y la pared,” dijo mientras descansaba en un sofá. “Me han dicho que llegando a Estados Unidos y trabajando, puedo tener un futuro mejor. Mi meta es trabajar y hacer dinero para que mi familia viva mejor en mi país. Quiero quedarme tres o cuatro años en Estados Unidos. Claro, si paso pediría que mi esposa e hijas vayan los últimos dos años,” y agregó: “en mi caso no pienso quedarme porque no es mi país, simplemente que Dios me brinde la oportunidad de llegar y que en ese tiempo mejore mi futuro.” Finalmente, Hércules Monterrosa dijo: “el bienestar de un migrante depende del buen corazón y de la buena voluntad de las personas.”

En una de las habitaciones estaba Rudi Sadalberto Pérez, salvadoreño, 22 años. Salió de su país el 28 de mayo este año. En Celaya, cuando trataba de tomar el tren, debido a la velocidad no pudo montar; el tren lo arrastró, le mutiló una pierna y además le causó fracturas de costilla y brazo, sin embargo, la esperanza es todo lo que tiene ahora.

Salió de El Salvador buscando el “sueño americano,” que interpretó así: “hay trabajo en El Salvador, pero se gana poco. No puede uno hacer su vida, su casa, tener sus cosas. El sueño lo construí yo, quiero tener mi casa, mi carro y las posibilidades para tener una esposa”. Entró a México en lancha; en Tabasco le robaron sus pertenencias, aunque no sus documentos. Allí, descansando sobre su cama dijo que aún con una prótesis, emprenderá su viaje hacia Estados Unidos porque “es divertido arriesgarse, vives cosas inolvidables”. Si decide emprender el camino hacia el norte, su hermana lo espera en Estados Unidos.

Entre los migrantes en la casa, también estaba Mario Francisco Roy Olea, él salió de Cuba en una balsa el 24 de noviembre de 1970. Después de 35 años en el país del norte, fue deportado hace casi un mes. Ha solicitado asilo político en México, y ahora espera la resolución de las autoridades migratorias mexicanas.

Así se escuchan las historias, como la de ésa mujer que en una hamaca, en la terraza se mecía con su pequeño hijo que nació en México. Tenía ocho meses de embarazo cuando salió de Guatemala, y ahora espera en la casa de ayuda para que su hijo sea registrado—mexicano—y decidir qué futuro quiere, si emprender la huida de un futuro que la alcanzará o quedarse en el país.

Gente ayudando a la gente

En San Miguel de Allende, Sher Davidson escuchó acerca del proyecto, y junto a Linda Sorin formaron el grupo RRG (Refugees Relief and Railroads) Alivio para Refugiados. Con éste, han llevado a cabo algunas recaudaciones de fondos para ayudar a pagar la renta de ABBA así como otros servicios—que ascienden a 10,000 pesos mensuales.

En San Miguel, el grupo también tiene un programa en el que acuden a las vías del ferrocarril para entregar a los indocumentados algunos paquetes con ropa, zapatos, y otros artículos de primera necesidad. Linda Sorin, invitó para que otros se unan a la causa pues se requieren algunas personas en comunicación, administración y recaudación de fondos. Para mayor información enviar un correo a lindainsma@gmail.com.

Números

Según estadísticas de la Unidad de Política Migratoria de la Secretaría de Gobernación (SEGOB) el número de extranjeros presentados de la región América Central fueron 153 mil 641.

Los migrantes regresados a su país de origen fueron 143 mil 226, es decir, sólo 6.7% del total (10 mil 415 personas) logran quedarse en la nación”.

Los migrantes presentados de Guatemala fueron 63, 016. De origen Hondureño se presentaron 50,094 indocumentados y 34,265 salvadoreños.

 

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