Recordando a Támbula

Por Alfredo Rivera Flores

Reinaba en el costado noreste de la plaza principal. No hablaba, refunfuñaba. Nadie entendía sus palabras, pero todo el mundo se daba por enterado de los malos modos. Por lo mismo, cada día se ensartaba en cuatro o cinco discusiones.

Parecía no importarle el negocio. No era el único voceador de San Miguel, pero sí el que estaba a la mano. El pretil de la plaza le había quedado que ni mandado a hacer para desplegar muy temprano los  diarios locales y las revistas; entre las diez y las once llegaba el esperado cargamento del Distrito Federal.

Temprano desfilaban por ahí las viejas familias del centro que iban por El Reforma; los feligreses de la izquierda que reafirmaban su credo leyendo La jornada; los comerciantes y en general los seguidores de Ciro y Marín iban por Milenio; los futboleros, ya se sabe, sin Esto no pueden vivir. Los extranjeros, residentes y visitantes, le pedían cada viernes el Atención. Entre regaño y regaño a todos surtía, eso sí, en el orden que él determinaba.

Su desplazamiento era difícil. Lógico, tenía casi tantos centímetros de cintura como de estatura. Seguramente rondaba los ciento veinte kilos. Resultaba evidente que su salud lo tenía a mal traer. Panza y vientre eran una sola masa que a duras penas era contenida por el pantalón de mezclilla con peto y tirantes. Había tenido la suerte, o la viveza, de ubicar su puesto a dos pasos de una de las bancas de hierro. Ese era su trono y el espacio al que llegaban sus contertulios a hojear la revista de la programación de la tele y las del chisme de los artistas. Pocos eran los elegidos. En algunos ratos también repasaba los cromos. Había que llevarle el importe de la compra hasta su lugar. Cuando sus molestias se agudizaban engañaba al dolor cambiándose de asiento, entonces se montaba a caballo en la bardita y desde ahí indicaba autoritario de que montón tomar el diario y hay de aquél que lo desparpajaba.

Apenas rebasó los cincuenta, cierto, parecía de más. Alguna rara vez que se recortaba un poco el pelo y la barba, aparecían los destellos del hombre joven que aún era. A cada rato el voluminoso estómago exigía su cuota. Para eso estaba “El Motor”, su proveedor preferido de tortas, pero mientras esperaba daba cuenta de unas cuantas tostadas de cueritos. Antes, durante y después, se empinaba la sacrosanta Coca-cola helada a la que seguía el estentóreo eructo. En ese momento casi se reconciliaba con la vida. Poco después, vuelta al mal genio.

El viernes muy temprano en el Jardín todo mundo sabía que el Támbula había fallecido. Pero solamente el lustrador que a unos pasos de los periódicos da bola al calzado, pudo recordar su nombre, Bernabé González Silva. El Támbula ya no estará más. Se fue un personaje de San Miguel. Descanse en Paz.

Durante 32 años vendió Atención y otros periódicos y revistas en el Jardín. Heredó el trabajo de su padre, que era repartidor, pero él se estableció de fijo en el Jardín. Su nombre era Bernabé González Silva, mejor conocido como Támbula y falleció el viernes 19 de abril, a los 52 años de edad. El personal de Atención se une a la pena que embarga a su esposa Adela y a sus cuatro hijos. Ahora es la señora Adela y su hija menor, de 19 años, quienes se hacen cargo del negocio. Con este artículo nos despedimos de Támbula.

 

 

Comments are closed

 photo RSMAtnWebAdRed13.jpg

Photo Gallery

Log in | Designed by Gabfire themes All original content on these pages is fingerprinted and certified by Digiprove