Ruth Hyba, matriarca de espíritu libre

Personaje del mes

Por Jade Arroyo

Ruth Hyba es una persona muy querida en la comunidad sanmiguelense, hotelera, restaurantera, artista, anfitriona, madre, abuela y bisabuela. Una mujer que desafió las las costumbres en los años 50s y 60s, al convertirse en una de las primeras empresarias del pueblo y abrir el primer hotel internacional en San Miguel.

Ruth (o Ruthie, de cariño) nació en Memphis, Tennessee, EU, el 17 de agosto de 1921. Hija de Valentine Brewer y Gertrude Hammond.

Aunque vivió en varias ciudades de Estados Unidos, fue en Memphis donde permaneció más tiempo. Ahí trabajó como decoradora de aparadores para una tienda departamental. Ruth fue parte de esa primera generación de mujeres que trabajó durante la Segunda Guerra Mundial, mientras los hombres se encontraban en el campo de batalla.

Como muchas afortunadas, Ruth probó la independencia y la libertad y no quería estar en casa. Así es como decide hacer un viaje a México y estudiar arte, lo que siempre fue su sueño.

En 1952 llega a San Miguel de Allende a estudiar arte en el reconocido Instituto Allende y aún no sabía que estaba por conocer a José Torres, quien cambiaría su vida completamente, acercando a la mujer de negocios que terminaría siendo a la hotelería, y en definitiva, a México.

Ruth recuerda que cuando llegó era todo un poco más simple: las calles, menos gente, menos autos… Juntos, Ruth y su esposo abrieron el Hotel Vista Hermosa en la calle Cuna de Allende, famoso por la dosis de glamour y refinamiento que aportó al pueblo con su piano bar y sus célebres bailes de blanco y negro. Este lugar además de hotel, se convirtió en punto de encuentro para los sanmiguelenses de la época, grupo nutrido por artistas y filántropos.

De la mano con la hotelería, Ruth se dio cuenta de que todos los restaurantes de la época servían comida muy picante, poco apta para estómagos y mentes extranjeras. Por lo cual decidió suavizar el menú. Ella insiste en que su comida siempre fue mexicana, pues todos los ingredientes que usaba lo eran. Pero, en la opinión de su familia se Ruth se adelantó a su época haciendo innovaciones e invenciones en la cocina.

En 1968, Ruth abre La Mansión del Bosque, hotel fundado por ella de manera independiente y que dirige hasta la fecha. Nunca se imaginó que la esquina que a ella le gustaba pintar desde el Parque Juárez durante sus cursos de pintura en el Instituto Allende, algún día sería su futura Mansión del Bosque, ese lugar casi mágico lleno de follaje y perfumado por las orquídeas de vainilla y chocolate.

Fue en la Mansión del Bosque donde perfeccionó las artes culinarias y lugar desde donde publicó de manera independiente el Gourmet My Way, su libro de cocina, hace poco mas de 10 años. “En términos contemporáneos, Ruth siempre ha sido muy punk”, comenta Mari, su nieta predilecta.

Ahí, en la Mansión del Bosque, Ruth construyó un hogar para sus cuatro hijos: Elena, Crisanta, Luisa, Antonio y Gregorio; ocho nietos: Guillermo, André, Sandra, Valeria, Jorge Armando, Iverna Marianna, Erika, Sebastián y sus dos bisnietas: Alex y Pau. Durante su matrimonio con José Torres tuvo tres hijas y un hijo. En su matrimonio con Jorge Hyba tendría a Gregorio Hyba. “Ruth es una matriarca del pueblo. Para mí una de sus características más entrañables es que dejó todo para empezar de cero, aquí, donde en ese tiempo todavía era más nada,” cuenta su nieta. Su “nueva” vida o su vida mexicana la llevaría a cabo cuidando no sólo a su familia, sino a todo el mundo que orbita sobre espacios tan peculiares como ese hotel. “Ha sido la jefa de nuestra familia, ella, gringa, divorciada, soltera. Ella sola ha sido nuestra base, nuestro soporte, nuestro hilo conductor y nuestro pasto más verde”, dice Mari.

Algunas de las palabras que sus hijas utilizan para describirla son: fuerte, trabajadora, honesta. Hace poco Alexandra y Paulina, bisnietas de Ruth, hicieron una obra de teatro para ella, inspirada en su propia vida. Para sorpresa de todos, cuando le preguntaron que qué había querido ser toda la vida, Ruth respondió que le hubiera gustado ser artista. El “arte” lo dejó en la escuela cuando empezó su vida de hotelera, pero nunca lo alejó de su vida. Al contrario, lo incorporó a todo lo que empezó a hacer: hotelera, restaurantera, madre, empresaria y siempre un elemento muy discreto y amable en su comunidad.

Alrededor de sus 80 años descubrió otra pasión, el tango. Bailó hasta hace un par de años que el cuerpo ya sólo responde al descanso.

Fue voluntaria en el Centro de Crecimiento durante muchos años, donando su trabajo junto con los recursos que fueran necesarios. También fue integrante del Garden Club; también durante el Santo el Entierro fue una de las personas voluntarias que cargaban a la Virgen Dolorosa durante muchos años, gastando con elegancia tacones, mantilla y guantes.

“Ruth es el ejemplo de cómo hacer las cosas diferente, de hacer las cosas fuera de los márgenes de la sociedad donde crecimos, y de no conformarnos con las sociedades a donde llegamos. También es un ejemplo de cómo llevar el arte a tu vida, más que permitirle al arte regirla”, comparte Mari.

Ruth es mucha inspiración. Ahora es ya pocas palabras, pero sí muchas sonrisas, gozo ante los chocolates, los amigos que sobreviven y la aman como ella a ellos, y ante una familia que cada vez la idolatra más.

 

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