Para no causar un problema

Tania

Editorial

Esta semana Jade Arroyo escribe un artículo especial sobre acoso a la mujer donde presenta entrevistas y testimoniales de mujeres que han sufrido acoso sexual, a quienes me uno en una voz de denuncia. Aquí, la historia de #miprimeracoso.

Por Tania Noriz

Mi escuela primaria no era muy bonita. Estaba en un edificio muy antiguo, que además servía de casa para las señoritas directoras: dos hermanas ya viejitas que pertenecían a la congregación de las Religiosas Pasionistas sin ser monjas. Esa misma congregación se encargaba de adoctrinar a los alumnos con las clases de religión, una hora a la semana, y si te portabas bien y cumplías con tus deberes, te premiaban con un sello en tu cuaderno: un corazón atravesado por una cruz.

Me alegraba mucho ir a la escuela porque tenía buenos amigos y los maestros me caían muy bien. Además de que me gustaba el olor que desprendían los azahares de los naranjos que daban sombra al breve patio comunal.

La escuela tenía una capilla, que siempre estaba cerrada, pero cuando la abrían salía un aire fresco y perfumado con olor a talco y palo de rosa, como deben oler los santos.

Ahí, en esa escuela, estudié hasta el cuarto grado de primaria.

Lo que me pasó, sucedió uno de esos días, cuando estudiaba el tercer grado y mi único drama real era aprenderme las benditas tablas de multiplicar. Ocurrió por la mañana, luego de que dieran el toque de entrada. La maestra no llegó y yo me alegré pues ese día nos preguntarían la tabla del 9, mi coco. Y entonces entró el profesor de deportes, quien también era el prefecto y esposo de la maestra, que enferma no asistió y por eso él daría la clase ese día. Me alegré aún mas, pues el profesor era agradable y nos hacía reír con sus bromas.

Era alto y tenía un bigote negro, negro y espeso. Su sonrisa era grande y blanca; sus ojos negros de apipizca.

—¡Tania! Gritó, mientras hacía un ademán para que me acercara al escritorio rojo, grande y grueso que estaba arriba de una tarima, frente a todo el salón, como para demostrar la superioridad de los maestros frente a los alumnos, simples mortales.

Caminé hacia él por en medio del pasillo central como seguramente caminan los condenados a muerte rumbo al cadalso, pues no me sabía la tabla, aún no me la se.

El miedo se me quitó cuando vi su sonrisa franca y su brazo abierto y listo para recibirme.

—Ven para acá, lee esta parte, me dijo señalando el libro acercándome a él por la cintura.

Me sorprendió un poco que hiciera eso, pero era un profesor muy buena gente y me alegró saber que me estimaba.

Empecé a leer hasta que en mi estómago se hizo un hueco. —¿Qué está pasando? Recuerdo que pensé, mientras sudaba frío y mi corazón latía tan fuerte que temí fuera a salirse por uno de mis oídos.

La mano del profesor estaba debajo de mi falda, sobre mi ropa interior, acariciándome una nalga al ritmo de la lectura. También me susurraba algo, pero no recuerdo qué. Mi cuerpo se puso tenso y yo creo que el profesor se dio cuenta pues me pidió que dejara de leer y me mandó a mi lugar con una nalgada.

Nunca le conté a nadie, hasta muchos años después, a mi mamá. —¿Por qué no me dijiste? Me preguntó con la angustia que le causó mi relato. —No se, le contesté.

—No quise causar un problema.

 

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