Dos procesiones, las más antiguas y vistosas

El Divino Maestro

Man portating Pontio Pilate

Señor de la Columna

Señor de la Columna

Por Antonio De Jesús Aguado

En Semana Santa los tapetes de hierbabuena, mastranzo y manzanilla desprenden un olor que aromatiza el ambiente, al ser pisado por los fieles—vestidos de blanco, morado y negro—que participan en procesiones tan antiguas, como las imágenes que cargan en andas. El Santo Entierro—que data de 1713— y el Santo Encuentro—1756—son dos de los eventos más notables del Viernes Santo.

El Santo Encuentro y el paso del sacerdote

Es una representación de la pasión de Cristo—que incluye varias estaciones—iniciada por el padre Luis Felipe de Alfaro en 1756, época en la que, desde Atotonilco, él salía en procesión a San Miguel de Allende cargando una cruz. El tradicionalista Rubén Villasana, dijo previamente para Atención que los cambios que se han hecho en esta procesión pueden notarse, pues no coinciden con una pintura de Antonio Martínez de Poca Sangre, que se encuentra en los muros de Atotonilco y que data de los tiempos del padre Alfaro.

La procesión comienza el Viernes Santo (Mar 25) a las 11am, con la llegada en una peregrinación, proveniente de Atotonilco, que trae consigo la Cruz que originalmente cargaba el padre Alfaro. A las 11:30am, en la Santa Escuela—el templo a un costado de la Parroquia—tiene lugar la primera estación, en la que con la escultura de un Cristo llamado el Señor de Eccehomo (He aquí el Hombre), se realiza la representación del juicio que realizara Poncio Pilatos, en la que—debido a los reclamos de la gente—éste se lava las manos y declara “soy inocente por la sangre derramada de un hombre justo”. Al concluir el “juicio”, la imagen de una Virgen María es trasladada al Portal de Guadalupe.

A las 12 del día aproximadamente, la procesión sale de la Parroquia y es encabezada por una imagen de San Roque—patrón de la hermandad con la que Neri de Alfaro inició esta tradición. Este santo es seguido por niñas vestidas de blanco—angelitos—quienes literalmente hacen de la calle un tapete de manzanilla, mastranzo y flores. Detrás de ellas, 12 hombres vistiendo silicios caminan con coronas de espinas en sus cabezas, 12 de ellos cargan cráneos que simbolizan el paso a la vida eterna, en medio de los hombres se alza una fila de soldados romanos.

El señor de Ecce Homo aparece entonces cargado sobre andas, y detrás de éste—cargando la Cruz que ha sido traída desde Atotonilco—sale el párroco a escena, quien es flanqueado por los rateros Dimas y Gestas, atados a un madero. Después aparece un Jesús Nazareno ensangrentado y cargando una cruz. La imagen data del siglo XVIII y fue esculpida a petición del precursor de la procesión—Luis Felipe Neri de Alfaro—con  un mecanismo especial para que pudiera levantar su cabeza. Continúa una línea en la que se integran imágenes de San Juan, María la de Cleofas, María Magdalena y la Verónica.

La procesión—para llegar a su momento cumbre—recorre las calles de Correo, Corregidora, San Francisco, Plaza Principal y Portal Allende. Cuando el Jesús Nazareno llega al Portal Allende, la Virgen María es trasladada frente a la Parroquia, en donde encuentra al Cristo sangrante, que levanta la cabeza tres veces, recordando esa estación de la pasión.

El Santo Entierro

“Es algo hermoso que se tiene que fotografiar”, desde el punto de vista del arte, apunta el padre Josué Alejandro Rodríguez del Oratorio. Desde la perspectiva de los fieles, es una manifestación del espíritu de querer sentirse parte de la pasión de Jesús, acompañarlo en su momento más crítico. Para un fiel, de acuerdo con el padre, es trasladarse a la época y vivir el momento fúnebre.

Esta procesión, más bien era una forma lúdica que utilizó el padre Juan Antonio Pérez de Espinosa—padre fundador del Oratorio de San Felipe Neri—para ilustrar a los indios analfabetas de la región sobre la pasión de Cristo. “A través de las imágenes, el aroma y el sonido transportaban a los nativos a la época”, puntualiza el padre Rodríguez.  El primer Santo Entierro sucedió entre el año 1712 y 1713. Entonces no había imágenes, aseguró el sacerdote, pero para ese tiempo, la capilla de indios—actualmente el Oratorio—ya tenía esculturas de  la pasión como el Señor de Eccehomo—que aparece en el Santo Encuentro—y la Virgen de la Soledad. Lo que sí es cierto, asegura el religioso, es que la primera procesión ocurrió alrededor de la capilla y ya en 1800 habría salido a las calles, para interrumpirse durante la Guerra Cristera—1926-1930—y reactivarse entre 1940-1960.

Jesucristo falleció en la cruz un Viernes Santo a las 3pm. La procesión sale a las 5pm del templo del Oratorio y regresa al mismo lugar cuando ha caído la noche. Según el padre Alejandro, tiene un sentido teológico dado por el padre Pérez de Espinosa, ya que simboliza que Cristo está muriendo—el sol se está apagando—y regresa al mismo lugar cuando ya no hay más luz, lo que significa que las penumbras han cubierto la tierra, además del luto y la tristeza porque ya no hay más salvación. Hombres y mujeres que participan en este evento, visten luto riguroso.

Orden de la procesión

La marcha fúnebre es encabezada por el Cristo de la Expiración, que aparece en todas las procesiones oratorianas. Éste es cargado por un grupo de jóvenes.

Una larga fila de soldados romanos abre el cortejo, representando a la guardia que mandó Poncio Pilatos a vigilar el Santo Sepulcro para que nadie robara el cuerpo de Cristo.

Siguiendo a los soldados aparecen niñas vestidas de blanco, que simbolizan angelitos—regularmente con sus vestidos de primera comunión. Los “angelitos” van franqueados por una fila de mujeres enlutadas. Las niñas, cargan pequeños ángeles que a la vez, portan imágenes de las insignias de la pasión, entre ellas la columna sobre la que flagelaron a Cristo, el látigo, la corona de espinas, los clavos, el martillo, la escalera, y los dados con los que los romanos se sortearon las ropas del Mesías. Estos angelitos, fueron los primeros usados en la procesión, que después se sustituyeron por otros más grandes, y después fueron reintegrados.

La marcha continúa con un grupo de hombres cargando farolas y entonces  bajo un palio aparece la imagen del cuerpo yaciente de Jesús, en un ataúd (urna de madera y cristal). Esta imagen es cargada por hombres únicamente, miembros de las familias más antiguas de la ciudad. Esta escultura es más grande y estilizada que la utilizada al inicio; mide 1.50 metros aproximadamente y actualmente se exhibe en el Templo de las Ánimas en el Oratorio; tiene además rasgos indígenas.

Para indicar el sentido religioso, detrás de la urna, bajo palio, aparece un grupo de sacerdotes del Oratorio. El padre representa a la Iglesia, que sigue a su esposo al sepulcro.

Los empachos es un grupo de niños y niñas vestidos de blanco que entonan los cantos de pasión, letras que fueron compuestas por padres del Oratorio exclusivamente para este evento. Los niños son acompañados por la música de una banda de viento de Valle de Santiago. “Es una voz particular, no los pueden cantar adultos porque los cantos son un sonido—lloriqueo—de los inocentes. Son súplicas hacia dios”, apunta el padre. Detrás de la banda va un coro de varones que canta otra letra denominada Cristus Factus.

La Virgen de la Soledad, representa a la Virgen María que se ha quedado sola después de la muerte de San José y ahora de su hijo. Esta Virgen es cargada por un grupo de mujeres llamadas Lauretanas. La Virgen está vestida con un manto de unos seis metros de largo. La Virgen permanece durante todo el año en la sacristía y no se exhibe para la adoración, más que el sábado santo tras las rejas de la Santa Casa de Loreto—en el templo del oratorio.

Detrás de la Virgen aparece San Juan Apóstol, que acompañó a Jesús hasta el calvario, seguido por María Magdalena. Se dice que esta mujer fue liberada de siete demonios (los siete pecados capitales).

La procesión fúnebre concluye con las imágenes de Nicodemo y José de Arimatea que lleva en sus manos el documento en el que Poncio Pilatos le autoriza que Jesús sea sepultado en una cueva de su propiedad.

 

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