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La alegría llegó a la frontera

Por Jesús Aguado

Allá en la zona limítrofe de San Miguel con Querétaro, Apaseo el Alto y Comonfort, hay varias comunidades en las que ahora únicamente queda el recuerdo de las lámparas de petróleo, las veladoras, las planchas que debían ponerse a las brasas para quitar las arrugas de la ropa; y aunque prefieren la salsa de molcajete, también esta rústica herramienta está quedando atrás; ahora la vida de los habitantes es diferente: cantan, bailan, pueden lumbrarse en la oscuridad y se informan a través de medios de comunicación, a los que anteriormente sólo tenían acceso cuando estaban en la ciudad o en otra comunidad que tuviera electricidad.

El Pedregudo

Esta comunidad se encuentra en la parte más alta de la montaña que divide a San Miguel de Querétaro. Para llegar, pasando la comunidad de Jalpa, se debe conducir más de 30 minutos por un camino de terracería y curvas que van en ascenso. Allá se ven los cactus secos y si no fuera suficiente; las parcelas hacen honor al nombre de la comunidad pues la tierra no produce la semilla o “se la comen las ardillas” o cuando nace la planta—caña, frijol o calabaza—“se la comen los chapulines” dice Priscila, una niña de nueve años que amablemente nos recibe como primer contacto en la comunidad.

En este lugar donde las casas son de piedra y lodo y están aco-rralados por pequeñas cercas de piedra sobre piedra; Priscila nos invita a pasar al patio de su casa para ver cómo está colocada su celda fotovoltaica. Explica que su mamá—y todas las señoras—fueron a una reunión de la escuela a San Miguel. Dice que tener electricidad es muy importante porque ahora ya no le da miedo salir al patio por las noches. “Antes me alumbraban las estrellas y la luna, cuando estaba llena, pero cuando no había me daba miedo salir; ahora con mis hermanitos puedo jugar aunque sean las ocho de la noche. Ya después veo las novelas, y las noticias con Adela Micha” dijo la sonriente Priscila.

El Pedregudo es un lugar donde el reloj se detuvo en la época de la revolución. Allá no hay drenaje—pero sí letrinas que construyó el gobierno local, después de entregar a las familias las celdas fotovoltaicas—y tampoco hay escuela en forma, sólo una pequeña edificación en la que Luis Ángel Martínez—de 16 años—tiene un grupo multigrado con cinco niños. Él ha estado en la comunidad apoyando a formar académicamente a los niños desde agosto de 2014 y comenta que lo que más le gusta del lugar es que es muy tranquilo, no hay inseguridad y todo mundo se conoce y se respeta.

Al cruzar otra cerca, encontramos a Esperanza, una de las tres jovencitas que habitan el lugar, montada en un caballo se acerca hacia su casa. Platica que en El Pedregudo no hay agua potable, pero en los cañones hay “un retranque” (un pequeño estanque) del que siempre habían acarreado agua para tomar; ahora sube una pipa, “pero cuando no viene, te-nemos que tomar agua del retranque, pero ya estamos acostumbrados”. Explica que con la llegada de la electricidad, la vida de su familia cambió, porque antes no sabían que sucedía alrededor—solo lo que escuchaba en la escuela, a la que va en la zona ya perteneciente a Querétaro en la comunidad de El Herrero—pues aunque tenían un acumulador lo llevaban a cargar a donde había electricidad y la pila, si conectaban la televisión duraba “menos de un día”. Ahora ya ni molcajete usa para hacer salsa, dice Esperanza.

La habitante indica que los hombres de la comunidad se van a los Estados Unidos para trabajar y las mujeres—las jóvenes se casan y se van a vivir con sus esposos—que se quedan, deben trabajar la tierra, aunque en ocasiones “no se da nada, sólo rastrojo para los animales”. Nos muestra cómo sus celdas fotovoltáicas sí funcionan y enciende un foco; nos invita un vaso con agua antes de irnos.

Bajar de la comunidad es más fácil y llegamos a Santa Anita, donde también los habitantes fueron beneficiados por parte del gobierno local con energía solar, pero no hay nadie. Las casas en esta comunidad son igual a las del Pedregudo pero ahora, comentan los guías del departamento de Ecología, Juan Reyes y Adolfo López, han sido un poco mejoradas debido a que un extranjero compró una gran propiedad y les ha enseñado a conservar el ambiente. En Santa Anita sólo se observan en la distancia unos niños descamisados que pastorean cabras flacas bajo el sol en esos cerros bucólicos.

La joyita

Aunque ya hay algunas construcciones “más modernas” con ladrillos pegados con cemento, en La Joyita la arquitectura no difiere mucho de las otras comunidades. En corrales de piedra sobre piedra se guardan algunos cerdos y cabras. En la vieja cocina la señora Josefina Martínez cuece los frijoles en olla de barro y su suegro nos recibe y lo primero que dice es “¡invítales un trago de pulque!” y nos explica el proceso para hacerlo, ya que los magueyes para sacar aguamiel abundan.

La señora Josefina explica que era de la comunidad de Charco de Sierra—donde no había luz cuando ella tenía 17 años—cuando se casó y se fue a La Joyita, su vida no cambió mucho en ese sentido. Recuerda como alumbraban sus habitaciones con lámparas de petróleo “pero en la mañana cuando nos levantábamos traíamos la cara llena de hollín”, sonríe. Una vez que ya no se vendía petróleo entonces compraban veladoras. Para tener un radio “teníamos que comprar pilas y era muy costoso” comenta. También recuerda como hasta hace poco todavía tenía que usar una plancha de fierro “de las que se colocaban en las brasas”—nos las muestra—para planchar. “Y nunca se me quemó la ropa, le tanteaba”. Ahora ya ve la tele, las novelas sobre todo, hace la salsa en licuadora “aunque siempre me reclaman la de molcajete, dicen que sabe más rica” y puede encender un radio sin problema.

Añorando, Josefina recuerda que anteriormente veían la comunidad muy triste, pero en diciembre hasta le pusieron series navideñas al nacimiento, todo se veía más alegre. En la comunidad hay agua potable y letrinas.

El fondo verde

Victor Manuel Velázquez, director de Medio Ambiente y Ecología en San Miguel, dijo que este proyecto de proveer energía solar a comunidades marginadas surgió de la misma administración a través del Consejo Verde; para dar cumplimiento al reglamento municipal de Ecología que indica el cuidado de medio ambiente a través de energía susten-table. Por lo anterior, decidieron buscar las comunidades más alejadas y marginadas, que muchas de las veces los postes de la CFE están cerca, sin embargo la compañía no quiere hacer una inversión para llevar el servicio a estas pequeñas comunidades.

La inversión que se hizo en 2014 para llevar electricidad a 17 familias (180 personas) de tres comunidades, fue de 800 mil pesos para El Pedregudo, Santa Anita y la Joyita.

Para este 2015, se pretende beneficiar con celdas solares a comunidades que están en la sierra entre las que se incluyen: Tres palmitas, Chiquihuitillo, La Mesa, San Isidro de la Cañada, Chiquihuite; de las que se tienen que elegir tres.

Por otro lado, el gobierno del estado a través de la Secretaría de Desarrollo Social y Humano también otorgó este beneficio a familias de las comunidades: Cuatro Hermanos, El Xotolar y Los Ugalde; para 18 familias (75 personas).

 

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