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El llanto de la Malinche, lamento de un resentido social

Por Eduardo Mora

“Perdóname Tenochtitlan
Por haberte traicionado,
Apoyé a conquistadores
Y los hijos de esta tierra
Todavía siguen llorado.
Perdóname Tenochtitlan
Por haberte traicionado.”
-Elvira Madrigal .

Según cuenta la leyenda, los nativos de esta tierra se jactaban de ser hijos del maíz que bañaban en chocolate su piel dorada por el sol. Eran el pueblo elegido, sangre de guerreros, descendientes de dioses aztecas. Pero con la conquista callo en su raza un estigma que los ha seguido por siglos. El estigma de ser descendientes de indios, el estigma de ser prietitos, el estigma de ser  los hijos de la Malinche, o como decía Octavio Paz “los hijos de la chingada,” el estigma de ser la raza mancillada, domada por los extranjeros; por la raza superior.

Hace un  par de semanas escribí una sátira sobre la discriminación de los mexicanos a su propio pueblo, sátira que decidí mantener para mí mismo por miedo a ser catalogado como un resentido social. En esta sátira yo mencionaba algunos de los estereotipos y frases frívolas que como cultura hemos creado a lo largo de los siglos,   dichos populares como “no tiene la culpa el indio sino quien lo hace compadre,” o expresiones como “cásate con una güerita para mejorar la raza.”

Como es común en San Miguel, gran parte de mis amigos son extranjeros de ojos azules y piel clara, y puedo darme cuenta que el trato que recibo cuando voy a restaurantes o bares acompañado por ellos, es muy diferente al que recibo cuando voy con amigos de piel morena y ojos cafés. Hace poco un grupo de amigos mexicanos y yo queríamos tomar unos tragos mientras disfrutábamos de la puesta de sol, así que fuimos a un bar muy conocido en el centro de la ciudad, pero nos encontramos con la sorpresa de que no podíamos entrar porque “tenían un evento privado.”   Unos minutos después, un amigo rubio y de piel clara fue al mismo bar y consiguió una mesa sin ningún problema. Se podría argumentar que es mera coincidencia, pero no es la primer vez que pasa esto, anteriormente ya había tenido el mismo incidente en este lugar, y el dueño de otro restaurante le confesó a un amigo mío que él ponía un letrero de reservado en todas sus mesas para seleccionar el tipo de gente que entra en su establecimiento.

Algunas personas podrían decir que estoy reaccionando de la forma equivocada, que la mejor forma de combatirlo es simplemente dejando de ir a estos establecimientos. Quizá el dejar de ir a dichos establecimientos es una solución rápida, pero yo me rehusó a  vivir mi vida huyendo de establecimiento en establecimiento agachando la cabeza y esperando a que algún día las cosas cambien. No dejaré que mi color de piel dicte a qué establecimientos puedo entrar, no lo permitiré porque este es MI país, este es el país del pueblo de bronce, un pueblo que ha vivido de Malinche en Malinche, de imperio en imperio.

Ahora bien, me gustaría aclarar que no estoy diciendo que la discriminación es exclusivamente hacia personas morenas, ya que un buen amigo mío sufrió de acoso por ser el niño güerito, otra amiga por ser “gringa” y así podría afirmar sin miedo a equivocarme que la mayoría de las personas hemos sido discriminados (y hemos discriminado) por alguna razón u otra, pero al parecer nos hemos acostumbrado a vivir con este cáncer social que sin darnos cuenta nos ha infectado por completo a tal punto que lo vemos como “normal.”

No me llamen resentido social,  llámenme indignado social, no me llamen escandaloso pero si es necesario prefiero ser llamado escandaloso a ser llamado sumiso o indiferente. Soy un ciudadano que se rehúsa a aceptar el status quo, soy un ciudadano  que está indignado-quizá resentido, pero no sin justificación. Demando que se escuche el llanto de la Malinche, y que nunca se olviden que los que  discriminan a alguien, en realidad traicionan a su propia gente y están condenados a vivir en un llanto eterno que los seguirá después de su muerte.

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