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Luces y sombras de David Kastembaum

Por Magdiel Pérez

Para reproducir un objeto de la realidad circundante sobre la superficie de una hoja de papel, el creador echa mano de los principios básicos del dibujo y ubicando las zonas de luces y sombras, construye en escorzo una pieza verosímil que pueda seducir al ojo espectador. En el caso de la construcción del alma de un hombre, éste ha de sustentar su ejercicio de equilibrio en un juego de luces y sombras similar a una pieza tallada, armonizando entre sus más altas virtudes y sus oscuras debilidades. Llamamos a un hombre de espíritu creador, a quien ha vivido con pasión, con intensidad, hurgando entre sus luces y sus sombras, en total comprensión de sí mismo. Este delicado equilibrio encontramos en la obra del escultor David Kestenbaum, a quien la vida le deparó en el arte, algo parecido a un fuego donde incendiar el alma.
Kestenbaum nace en una familia de creadores, su padre Lothar Kestenbaum, escultor que fuera maestro en esta escuela de Bellas Artes gran parte de su vida, nos legó una obra en bronce formalmente exquisita por el dominio de su técnica y de su conocimiento de la figura humana  y su madre Mai Onno, pintora con una intensa fuerza expresiva que ha desandado el camino de la pintura abstracta y expresionista, son los pilares donde se asienta su obra más personal. David se formó en Bellas Artes y en Historia del Arte y por eso cargaba en sus espaldas un gran bagaje de conocimientos tanto teóricos como prácticos que tuvo a la mano cuando enseñó a jóvenes alumnos que impactó con su fuerte carácter y amplios conocimientos y máxime cuando talló estas obras que ahora podemos admirar reunidas en esta retrospectiva, que si bien no es exhaustiva del todo, sí muestra las piezas clásicas de su labor en bronce, en madera y mármol. Se puede experimentar en estas obras rotundas, un diálogo íntimo, familiar, cercano con la obra de sus progenitores. Un diálogo intenso de creadores. En las piezas escultóricas de padre e hijo y en las pinturas de la madre y el hijo, -me refiero a nuestro artista y sus padres- y en el papel o el grabado encontramos los mismos signos, las letras de un alfabeto familiar, la conversación íntima en una casa sellada, una casa trepada en una torre altísima, de difícil acceso; esa conversación a veces tiene un tono de plegaria, otras veces de alarido o de dentellada; que es a su vez, la conversación de cada casa donde habitan seres comprometidos con su trabajo de ser, de construirse, de habitarse y de consumirse en consecuencia, en el fuego de la vida.
En esos pétreos materiales, impenetrables, sellados y brillantes, palpita ese diálogo de emociones y sentimientos que vivimos en momentos álgidos de la vida. El escultor nos los presenta vivos como ofrendas, como síntesis de sus hallazgos en la fragua incendiada de su alma.

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